84 años de Ciudadano Kane, la película más influyente de la historia
1 de mayo de 1941. En medio del ruido de la Segunda Guerra Mundial, el cine se detuvo un instante para observar algo nuevo. Algo radical. Algo llamado Ciudadano Kane. En el teatro RKO Palace de Nueva York, Orson Welles, con apenas 25 años, presentaba al mundo su ópera prima. Ocho décadas después, aquella película sigue sin parecer vieja. Porque Ciudadano Kane no pertenece a una época: pertenece al cine mismo.
Han pasado 84 años desde aquel estreno —accidentado, casi clandestino—, marcado por el miedo de Hollywood al magnate William Randolph Hearst, el hombre que inspiró al personaje de Charles Foster Kane. La película estuvo a punto de ser enterrada antes de nacer. Hearst utilizó toda su influencia para que no se proyectara ni se publicitara, llegando incluso a amenazar con arruinar la carrera de quienes la apoyasen. Hubo chantajes, censuras, silencios pactados. El propio Welles amenazó con demandar a la productora RKO si no se estrenaba. Y lo logró, aunque a un precio alto: la película fracasó en taquilla, fue silenciada en los premios Óscar y abucheada por sectores del público hollywoodiense. Pero el tiempo, como siempre, pone las cosas en su sitio.
Ciudadano Kane es una película sobre el poder, pero también sobre el vacío que lo rodea. Charles Foster Kane, ese hombre hecho a sí mismo que lo tuvo todo —dinero, fama, influencia—, muere solo en su palacio, pronunciando una última palabra enigmática: Rosebud. En torno a ese eco comienza una investigación, una búsqueda casi imposible por comprender a un hombre a través de los fragmentos que dejó tras de sí. Un caos de apariencias, lo llamó Jorge Luis Borges en su reseña de 1941, en la que describía la película como una fábula metafísica, detectivesca y alegórica a la vez.
Más allá del relato, Ciudadano Kane cambió para siempre la forma de narrar en el cine. Innovó con su estructura no lineal, su fotografía en profundidad de campo, el uso del claroscuro, los ángulos extremos, los silencios y los espacios como extensiones del alma de sus personajes. Fue, también, un manifiesto del control artístico: Welles escribió, dirigió, produjo y protagonizó el filme, rodeado de su equipo del Mercury Theatre. Su genio encontró en el cine un lenguaje nuevo, y lo expandió.
El escándalo de Rosebud, palabra que se convirtió en símbolo de la nostalgia más íntima, añadió capas de mito a la película. Se ha dicho que era el nombre del trineo de la infancia de Kane. O, según ciertas versiones, un apodo íntimo con el que Hearst se refería a su amante Marion Davies. Sea cual sea la verdad, el símbolo funciona: es lo que Kane perdió, lo que añoró, lo que nunca volvió.
Durante años, la película permaneció olvidada. Solo la crítica francesa —y más tarde los cineastas de la nouvelle vague— la rescató como un hito. Su reestreno en Estados Unidos en 1956 marcó el inicio de su redescubrimiento. Desde entonces, ha encabezado las listas de mejores películas de la historia una y otra vez. El American Film Institute, la revista Sight & Sound, y críticos como Roger Ebert la han consagrado como la cima del arte cinematográfico.
Hoy, 84 años después, Ciudadano Kane se sigue viendo como una película de vanguardia. Su mensaje, su forma y su leyenda siguen intactos. No es solo un clásico: es una obra que aún interroga al espectador, que le exige mirar más allá de la superficie. ¿Quién fue realmente Charles Foster Kane? ¿Quién fue, en el fondo, Orson Welles? Quizá nunca lo sepamos del todo. Pero mientras siga proyectándose en una pantalla, Ciudadano Kane nos recordará que el cine, como la vida, está hecho de sombras, misterios y recuerdos que se desvanecen como un susurro: Rosebud.