Murió Sebastião Salgado, el hombre que retrató la belleza del mundo en blanco y negro
Sebastião Salgado murió este viernes a los 81 años en París. Fue uno de los grandes cronistas visuales del siglo XX y XXI, un fotógrafo que eligió contar el sufrimiento humano, las luchas sociales y la belleza del planeta desde una mirada profundamente ética y poética. No se hace una foto, se construye una historia, decía. Su obra, siempre en blanco y negro, se volvió sinónimo de compromiso y sensibilidad. La noticia fue confirmada por su familia y por la Academia de Bellas Artes de Francia, que lo despidió como un gran testigo de la condición humana.
Nacido en 1944 en una zona rural del estado de Minas Gerais, en Brasil, Salgado estudió Economía antes de descubrir la fotografía en África, mientras trabajaba para la Organización Internacional del Café. Ese primer contacto con las realidades del continente lo llevó a cambiar el rumbo de su vida. Desde entonces, nunca dejó de fotografiar lo que otros preferían ignorar: trabajadores en condiciones extremas, víctimas de la guerra, migrantes, pueblos indígenas y comunidades enteras invisibilizadas por el poder y el mercado.
Sus proyectos más conocidos, como Otras Américas, Trabajadores, Éxodo, Génesis y Amazonía, lo consagraron como uno de los mayores fotógrafos documentalistas de la historia. A lo largo de su carrera colaboró con agencias como Magnum, creó su propio archivo fotográfico con su compañera Lélia Wanick, y recibió los máximos reconocimientos del arte y la cultura global. En 2015, el documental La sal de la Tierra, dirigido por Wim Wenders y su hijo Juliano, llevó su vida y obra al cine, obteniendo una nominación al Oscar.
Afectado emocionalmente por el horror que documentó en África durante la década del noventa, Salgado dejó temporalmente la fotografía para iniciar junto a Lélia un ambicioso proyecto de reforestación en Brasil. Así nació el Instituto Terra, con el que logró recuperar miles de hectáreas degradadas y plantar más de dos millones de árboles. Esta experiencia lo devolvió a la cámara, con una nueva misión: homenajear al planeta.
Hasta sus últimos años, Salgado siguió explorando y retratando territorios y comunidades en riesgo de desaparecer. Lo hizo con la misma intensidad y claridad con la que defendió, desde siempre, una idea simple pero urgente: que el arte no solo puede ser bello, sino también profundamente justo. En cada imagen que dejó, hay una pregunta, un duelo y una esperanza. Su muerte deja un vacío inmenso, pero su obra seguirá hablando por todos los que no tuvieron voz.