Quino, el mendocino que dibujó la conciencia de una generación
Nació en Mendoza, el 17 de julio de 1932, en una casa donde se hablaba más andaluz que español rioplatense. Hijo de inmigrantes españoles, Joaquín Lavado fue apodado "Quino" desde chico para distinguirlo de su tío, también llamado Joaquín, un dibujante que, sin saberlo, le cambiaría la vida. Fue él quien le enseñó que un lápiz podía abrir puertas.
A los 13 años, Quino ingresó a la Escuela de Bellas Artes, pero pronto se dio cuenta de que lo suyo no era el arte clásico. Él quería hacer reír y pensar al mismo tiempo. Cuando perdió a sus padres en la adolescencia, se refugió en su humor, su lápiz y su deseo de hacer del dibujo una forma de vivir... y de decir.
Los primeros trazos de un maestro
En 1954, se instaló en Buenos Aires, la ciudad que lo cobijó como artista. Tocó puertas de redacciones y editoriales con una carpeta llena de viñetas, y de a poco empezó a publicar en revistas como Rico Tipo, Esto es y Primera Plana. Su estilo ya se perfilaba: un humor sin estridencias, con mirada crítica y ternura en partes iguales.
En 1963 publicó su primer libro de humor gráfico, "Mundo Quino", sin personajes fijos, pero con una visión clara: satirizar lo absurdo de la sociedad moderna. Fue un éxito entre los intelectuales de la época. Pero lo mejor estaba por venir.
Mafalda: la niña que lo dijo todo
En 1964, un encargo publicitario lo llevó a inventar una niña de clase media, contestataria, fan de los Beatles y enemiga de la sopa. Así nació Mafalda, aunque el aviso nunca salió. Por suerte, la revista Primera Plana sí quiso publicarla, y el 29 de septiembre de 1964 apareció por primera vez.
En poco tiempo, Mafalda se convirtió en un fenómeno cultural. No era una tira infantil: era una radiografía social disfrazada de humor. A través de esa niña preguntona y sus entrañables amigos —Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito—, Quino hablaba de política, desigualdad, ecología, educación y derechos humanos.
La historieta se publicó hasta 1973. Solo nueve años. Pero alcanzaron para que Mafalda se volviera eterna. Traducida a más de 30 idiomas, leída en escuelas y universidades, la pequeña pensadora con moño negro trascendió las fronteras del papel para convertirse en símbolo de libertad, conciencia y compromiso.
Un legado de ternura y rebeldía
Después de Mafalda, Quino siguió dibujando. Pero esta vez sin personajes fijos. En sus libros de humor gráfico como ¡Qué presente impresentable!, Déjenme inventar o ¡Yo no fui!, mantuvo su sello: escenas mudas pero elocuentes, con una humanidad que a veces enternece y otras veces incomoda.
Recibió premios en todo el mundo, incluido el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2014), compartido con Mafalda. También fue distinguido por la UNESCO, y en Mendoza y Buenos Aires hay estatuas que inmortalizan a su creación más querida.
Su despedida
Quino falleció el 30 de septiembre de 2020, un día después del aniversario de Mafalda. Se fue en su Mendoza natal, a los 88 años. La noticia conmovió a generaciones enteras. No era solo un dibujante: era un sabio que habló bajito pero llegó muy lejos.
Un humor que no caduca
Quino no necesitó estridencias. Con silencios, con ironías y con esa mezcla única de ternura y rebeldía, nos enseñó a mirar el mundo con otros ojos. Su trazo limpio y su mensaje profundo siguen vivos en cada niño que cuestiona, en cada lector que se ríe y se incomoda.
Mafalda sigue preguntando. Y Quino, desde algún lugar, seguramente sigue dibujando respuestas.