A 60 años del único enfrentamiento entre Bilardo y Menotti como jugadores profesionales
Sus ideologías futbolísticas y políticas los mantuvieron enfrentados durante décadas, pero hubo un día en el que el Flaco Menotti y el Narigón Bilardo compartieron el mismo campo de juego, no como técnicos rivales, sino como futbolistas en actividad.
Fue el 2 de mayo de 1965, en un partido correspondiente a la cuarta fecha del torneo de Primera División: Estudiantes de La Plata y Boca Juniors empataron 2-2 en el viejo estadio de 1 y 57. Fue la única vez que se enfrentaron como jugadores profesionales.
Aquel duelo, cobra un peso simbólico gigante si se considera que ambos, años después, serían dos de los tres entrenadores argentinos en alzar la Copa del Mundo: Menotti en 1978 y Bilardo en 1986, quien además lograría el subcampeonato en Italia 1990.
Con 26 años y título de médico en mano, Carlos Bilardo llegaba a Estudiantes en 1965 luego de pasar cinco años en Deportivo Español. Su debut oficial había sido con derrota ante Rosario Central (0-2), pero lo que pocos imaginaban era que aquel equipo, por entonces último en la tabla, se convertiría en una leyenda: campeón del '67, tricampeón de América y vencedor del Manchester United en la Intercontinental.
En la otra vereda, Menotti ya traía goles en la mochila. Su estreno en Rosario Central había sido brillante: victoria por 3-1 ante Boca y un gol propio. En el Canalla se consagró como goleador tres años consecutivos con 47 goles en 86 partidos. Luego pasó fugazmente por Racing, donde mantuvo el promedio: 14 goles en 18 encuentros, y recaló en Boca Juniors en 1965, justo para cruzarse con Bilardo.
El escenario fue La Plata, el mítico estadio de 1 y 57. En una cancha colmada, que recaudó 2.779.660 pesos de la época, se dio un empate 2-2 con sabor a historia. Esa tarde, sin saberlo, el fútbol argentino fue testigo de un capítulo único, donde se enfrentaron dos futuros campeones del mundo, que representarían dos formas antagónicas de sentir y vivir el juego.
Ni Menotti ni Bilardo se destacaron de forma particular en ese partido, pero el valor del encuentro reside en la rareza irrepetible del cruce, en ese breve instante donde dos hombres destinados a dividir la historia del fútbol argentino compartieron el mismo césped, como simples mortales.