Una importante enseñanza

“El traje del emperador”

“El traje del emperador” es el título de un cuento para niños de Hans Cristian Andersen,  a todas luces atemporal, que deja una importante enseñanza a los mayores también.

           “El traje del emperador” es el título de un cuento para niños de Hans Cristian Andersen,   a todas luces atemporal, que deja una importante enseñanza a los mayores también, porque a menudo reviviremos estos episodios en nuestra vida mundana cada vez que un nuevo acontecimiento resulte un pretendido engaño para nuestra gente. 

            El recuerdo del cuento vuelve  cada tanto, al descubrir  un nuevo engaño colectivo, bien planificado, una estafa que parte de alguna idea “políticamente correcta” pero absolutamente errada, con fines espurios, mala idea que buena parte de la sociedad adopta cayendo inocente hasta defenderla, temiendo de lo contrario parecer anticuada o ignorante. 

            En el cuento de Andersen dos pillos se hacen pasar por sastres de alta escuela y engañan a un emperador aficionado a la alta costura,  prometiendo confeccionarle el mejor de todos los trajes por una buena suma de dinero. Un traje magnífico, exclusivo, confeccionado en las sedas más finas y el hilo de oro de la mejor calidad  (que recibían de sus arcas y guardaban sin utilizar)  para la indumentaria real más bella y misteriosa,  tanto que no podrían verla aquellos que fueran indignos de su cargo o tontos sin remedio. 

            El rey enviaba supervisores que a sabiendas de estas cualidades aún sin verlo decían que el traje iba saliendo perfecto, hasta que lograron vestir al rey, quien encabezando un desfile recibió los aplausos del pueblo,  que lo felicitaba por su nuevo traje, todos temerosos de parecer tontos o indignos de sus cargos - emperador incluido - ya que nadie veía el traje inexistente. 

            Hasta que un niño denunció que el monarca iba desnudo y ante el papelón real todos comenzaron a reír, mientras el emperador insistiendo con dignidad no renunciaba a su pose erguida y sus chambelanes seguían portando la invisible cola del supuesto magnífico atavío. 

            Así ocurre todavía, cuando las autoridades ante sus falsedad descubierta no dan brazo a torcer,  ni aun cuando son puestas en evidencia,  inspirando el recuerdo de este hermoso cuento con moraleja y respondiendo nuevas cuestiones. 

            Podemos ser engañados de manera colectiva con el más absurdo de los postulados, al menos por un determinado lapso de tiempo.  Lo bueno es que la verdad tarde o temprano sale a la luz, pero durante ese tiempo la mentira hizo su daño  y buscará regresar con algún otro disfraz, tanto es así que la realidad, como suele decirse, supera toda ficción y las cosas que hemos llegado a considerar positivas son una verdadera tragedia, dejando el cuento de Andersen pequeñito. 

            Perplejo veo grupos sociales convencidos de inverosimilitudes mayores a cualquier traje invisible a los ineptos. Quizá la mayor moraleja del cuento sea el inocente niño que elige el autor para descubrir la verdad y desenmascarar la mentira, una simpleza cuya sabiduría se encuentra al alcance de todos y cada uno de nosotros después de pensar un instante. 

 

Iconoclastas amurallados     

            En los últimos años se quitaron todos los crucifijos de las aulas y despachos de la Universidad Nacional de Cuyo, argumentando las autoridades diversas razones, desde por ejemplo “el respeto por otros cultos no representados”,  por “para igualdad para todas las creencias “,  en virtud de que “ciencia y religión van por caminos distintos”, o hasta “se enfrentan”, o simplemente por  que “la iglesia no y el estado deben estar separados”, o “la iglesia ya no forma parte del estado”  y demás enunciados equívocos similares, cuando de lo que se trata a fin de cuentas es de quitar a Dios del medio. 

            Lo importante somos nosotros y nuestra sabiduría humana cabal y comprobable,  sin supersticiones ni creencias que puedan ser o no ser.

            Tanto creció la polémica que un grupo enardecido de estudiantes amenazó con vandalizar la virgencita que se encontraba en la rotonda de ingreso al predio,. Por fortuna, otro grupo de estudiantes creyentes antes de que los primeros cumplieran su amenaza quitaron cuidadosamente la imagen de nuestra Señora para llevarla a resguardo en otro sitio, fuera de la Universidad. 

            ¿Qué podría decirse de estos sucesos? 

            Que no sólo ocurrieron en la Universidad Nacional de Cuyo sino también en el Poder Judicial de la provincia de Mendoza, donde también se quitaron crucifijos de las Salas de Audiencia que formaban parte integrante de los estrados,  muchos despachos también los suprimieron, quizá algunos jueces no deseaban al parecer inspiración divina para sus decisiones, o no correspondía pedirlas. 

            Hasta un díptico mural de mi autoría emplazado en el Hall Central del Palacio de Justicia fue retirado, porque en su temática referida al preámbulo de la Constitución Nacional, Ley de Leyes, representaba en su segunda parte el texto que dice  “...invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y Justicia...”  

            Por orden del Presidente de la Suprema Corte fueron desinstalados sin mayores explicaciones, estimo que en virtud de poseer además de la  imagen simbólica de la Justicia, del pueblo y de la Patria,  la imagen simbólica de Dios, un anciano de barba blanca con una Biblia en sus manos, escuchando nuestra invocación de su protección como pueblo soberano. Preámbulo que por otra parte se encuentra en vigencia al inicio de nuestra Constitución Argentina.

            Ahora los muros de los nichos del Hall Central del Palacio de Justicia se encuentran otra vezvacíos.  ¡Vivan los muros nomás! Pero antes que nuestras leyes  lo que enseñó a los argentinos que no hay que robar, ni matar, ni ser adúlteros, ni tantas otras cosas buenas, fue quien murió en la cruz. 

            Y por si hubiera sido poco tanta verdad divina la completó resucitando. 

            Entonces...

            ¿Cuáles fueron las razones para quitar todos estos íconos cristianos? 

            Porque ésos son los íconos que molestan. 

            Sólo sé que desde la proliferación de malas leyes anticristianas la litigiosidad  y los delitos aumentaron los últimos treinta años hasta multiplicarse por diez... Podrán decir que la población creció durante esos treinta años y es verdad, pero no creció un mil por ciento, sino sólo un treinta por ciento.  

            Este fin de semana encendí el televisor y observé por canal 7 de Mendoza un programa donde la invitada era la Rectora de la Universidad Nacional de Cuyo. Me detuve a escuchar unos minutos. 

            La locutora preguntaba “¿ Y te gusta el Tai Chi ? 

            La entrevistada respondía  “ ...Es que se trata de una técnica china  milenaria... Porque, no sé si sabes que nuestro cuerpo está atravesado por canales energéticos...”

            Me recordó nuestros símbolos cristianos retirados y pensé que cuando uno barre con su propia religión y su cultura en pos de valores democráticos y científicos,  termina derrapando en otras creencias mal aprendidas y derrapando por el camino. Ni chicha ni limonada... un nuevo traje del emperador de aire, para que apruebe el pueblo. 

            Y no es inocuo lo observado porque luego aparece la idea de construir un muro que rodee la Universidad completa,  para protegerla de los robos de gente que vive en los barrios circundantes, proyecto desde todo punto de vista errado, que no brindará  la seguridad esperada, destruirá la belleza arquitectónica del lugar,  lo recluirá del entorno y del paisaje y costará una fortuna malgastada que aportarán un poco los que queden adentro del muro, pero bastante más los de afuera.   

            Quienes creemos sabemos que la Imagen de la Virgencita en la rotonda de ingreso brindaba   mayor protección que un muro para la Universidad en todo sentido.   

.           Tanto en el ámbito universitario como en el judicial, deberíamos considerar los resultados del último censo,  donde el pueblo respondió ser católico casi en un setenta por ciento y evangélico en un dieciocho por ciento. Es decir, amplia mayoría cristiana.    

            Gracias a Dios nuestro país cree y nuestra Fe sencilla es como la de un niño avisando que el traje del emperador no existe.