DíA DEL GATO

Cuál es el origen de la palabra “gato”: una historia que se remonta a miles de años

El gato, ese compañero misterioso que camina entre lo doméstico y lo salvaje, tiene un nombre cuya historia es tan antigua como su relación con el ser humano. Aunque hoy la palabra gato nos resulte familiar y cotidiana, su origen es un verdadero viaje a través de idiomas y civilizaciones.

En el día internacional del gato, te contamos la historia del origen de su denominación. 

Del Egipto antiguo al latín

Hace más de 4.000 años, en el Antiguo Egipto, los felinos eran animales sagrados, venerados por su habilidad para cazar ratones y serpientes, y también por su vínculo con la diosa Bastet. Allí se los llamaba caute o cauteus, según las transcripciones modernas de su lengua. Los egipcios fueron los primeros en domesticarlos de forma sistemática y exportarlos a otras culturas.

Con el tiempo, el Imperio Romano adoptó al animal y también el concepto. En latín vulgar comenzó a usarse el término cattus para referirse al gato doméstico, diferenciándolo de felis, que designaba a los felinos salvajes.

 

Del latín al castellano

La palabra cattus pasó a las lenguas romances: en italiano antiguo gatto, en francés chat y en el castellano medieval gato. El cambio fue bastante directo, porque el latín vulgar que se hablaba en la Península Ibérica mantuvo gran parte del sonido original.

 

¿Y por qué se llama así?

Hay varias teorías. Una de las más aceptadas es que cattus provendría de un vocablo africano (probablemente bereber) kadîska, que significaba “animal que caza de noche” o “vigilante nocturno”. Esto encaja perfectamente con la naturaleza del gato: un cazador sigiloso que parece ver en la oscuridad.

Otra hipótesis es que el término se relaciona con el verbo latino captare (“cazar” o “agarrar”), aludiendo a su destreza para atrapar presas pequeñas.

 

Del nombre al símbolo

La palabra gato no solo designa a un animal. Con el tiempo, en español adquirió otros significados: desde el apodo para personas ágiles y escurridizas, hasta el gentilicio informal de los madrileños (“gatos”) y expresiones como “buscarle tres pies al gato” o “la curiosidad mató al gato”.

En resumen, la palabra que hoy usamos todos los días es el resultado de un viaje lingüístico que une Egipto, África, Roma y España... y que todavía conserva el eco de aquellas primeras culturas que admiraron y temieron a este pequeño felino.