Más conectados, menos unidos: qué reveló un estudio sobre las relaciones de pareja en Mendoza
La manera en que los mendocinos se conocen, se eligen y sostienen una relación está cambiando. No se trata de una percepción aislada, sino de un fenómeno que empieza a reflejarse con claridad en los números.
Un relevamiento realizado por Demokratía, sobre 717 entrevistas presenciales en el Norte de Mendoza, confirma que el vínculo amoroso atraviesa una transformación estructural. El estudio fue presentado por el director de la consultora, Nicolás González Perejamo, quien planteó que el objetivo fue poner blanco sobre negro en la forma en que los mendocinos encaramos nuestros vínculos y entender qué representación del amor estamos construyendo como sociedad.
Si bien la mayoría de la población declara estar en pareja, los datos muestran tensiones que obligan a una lectura más profunda.
El trabajo, principal semillero de pareja
El 26,05% de quienes mantienen una relación conoció a su pareja en el trabajo, consolidando al ámbito laboral como el principal espacio de encuentro afectivo. El empleo ya no es solo sustento económico: también es espacio de sociabilidad y construcción emocional.
Le siguen el deporte o club (18,26%) y, en crecimiento sostenido, internet, redes o aplicaciones (12,87%), en igualdad con los lugares de diversión (12,87%). La digitalización todavía no desplaza a los espacios físicos tradicionales, pero ya dejó de ser marginal.
Para González Perejamo, este dato revela que los espacios de interacción están mutando, y el vínculo ya no nace exclusivamente en ámbitos tradicionales como la escuela o el barrio, sino en entornos atravesados por dinámicas laborales y tecnológicas.
La generación más tensionada
El dato más contundente aparece en la franja de 45 a 54 años: allí el 29,59% afirma no estar en pareja, el nivel más alto entre todos los segmentos etarios. Se trata de la generación bisagra, criada bajo el mandato de estabilidad tradicional pero atravesada hoy por divorcios, reconfiguraciones familiares y nuevas lógicas de autonomía personal.
En contraste, el 92,31% de los jóvenes de 16 a 30 años declara estar en pareja, mostrando que la ruptura no se concentra en la juventud, sino en el centro de la pirámide etaria.
El director de Demokratía sostuvo que este grupo parece estar lidiando con una desconexión que desafía los antiguos mandatos sociales de estabilidad, en un contexto donde las reglas afectivas ya no son las mismas que hace veinte años.
Vínculos que se sostienen, pero con fisuras
La transformación no se limita a si se está o no en pareja. También impacta en la calidad del vínculo. Entre quienes mantienen una relación, alrededor del 30% —tanto en hombres como en mujeres— reconoce sentirse algo o muy desunido. Apenas entre el 2% y el 4% se considera muy unido.
La mayoría se ubica en una zona intermedia: estabilidad sin plenitud, continuidad sin necesariamente profundidad emocional. Cuando uno de cada tres mendocinos en pareja reconoce distancia emocional, el fenómeno deja de ser individual para convertirse en un indicador cultural.
El informe contextualiza estos números dentro de una metamorfosis más amplia de la interacción humana. Desde la telefonía hasta internet y las redes sociales, el centro de gravedad de las relaciones se trasladó hacia el plano digital, modificando tiempos, expectativas y tolerancia al conflicto.
En Mendoza, esta transición convive con rasgos todavía anclados en la presencialidad. El resultado es un escenario híbrido: el trabajo sigue liderando como espacio de encuentro, pero las plataformas digitales ganan terreno; la mayoría está en pareja, aunque una proporción significativa declara fisuras; y la mediana edad concentra el mayor nivel de quiebre.
Más que una crisis del amor, el estudio describe una redefinición del contrato afectivo. La pareja ya no es mandato ni destino inevitable: es una elección evaluada bajo criterios de satisfacción personal, autonomía y compatibilidad.
Detrás de cada porcentaje hay historias individuales. Pero en conjunto, como planteó González Perejamo, el informe busca abrir una conversación necesaria sobre el pulso vivo de nuestros afectos.
La señal es clara: el tejido vincular mendocino se está reconfigurando. Y esa transformación ya puede medirse.