Una extraña historia en el cementerio de Buen Orden
La memoria popular es generosa en detalles fantásticos, pero no es precisa. Por eso nadie recuerda el nombre real del protagonista de esta historia, pero sí su apodo. Algún despiadado lo había bautizado con el cruel remoquete de Chucha. La mayoría asegura que había sido un albañil de medio pelo y llevaba una vida normal hasta que un curioso incidente le hizo perder la cordura.
En el Este lo recuerdan aquellos que tienen más de 50 y su historia fue tejiéndose en el entablonado de las tribunas del Club San Martín, por donde el Chucha, después de lo que le ocurrió en el cementerio, iba y venía en cada partido, a veces vendiendo frutas y otras alguna bebida.
También recurriremos a los apodos para mencionar al resto de los personajes de esta historia.
El Chancha, un hombre cercano al club, era el que le encargaba al Chucha que hiciera esa venta de frutas y bebidas en la cancha. Entonces recorría la tribuna local y le vendía al Gordo, al Risa, al Gargajo, al Cachaza y a unos 20 más, semilla de lo que sería unos años después Los Leones del Este, una de las hinchadas más pintorescas y famosas de la provincia.
Allí, en ese ambiente, se le da crédito de veraz a esta historia.
Dicen que todo había ocurrido unos años antes en el bar de los Villegas, ubicado junto al cementerio de Buen Orden. Allí se sabía timbear fuerte. Había muchos en San Martín que recorrían los 10 kilómetros desde la ciudad, hacia el noreste, y se encerraban en ese boliche por horas para jugarse desde las ganancias del mes hasta el auto que les había permitido llegar hasta ahí.
En el frente se mezclaban los vehículos de los jugadores y los de aquellos que habían participado del cortejo fúnebre de turno. Incluso hay quien asegura que más de uno llegó como timbero al bar y después de una noche nefasta y un corazón débil fue mudado directamente al camposanto.
Por esa época el Chucha trabajaba en el cementerio y estaba cuerdo. Pese a ser muy supersticioso hacía un enorme esfuerzo para sosegar sus miedos a cambio de un ingreso fijo mensual. Con su oficio de albañil se dedicaba a construir y reparar nichos y bóvedas, hacer a pedido algunos arreglos en las tumbas y otras cuestiones de ese estilo.
Una madrugada de verano el bar estaba a pleno, como tantas otras veces. Había unas 5 mesas en donde se estaba apostando pesado y un nutrido grupo se arremolinaba alrededor, para mirar las partidas mientras descorchaban a destajo.
En eso alguien alertó: ¡Viene la cana! y se produjo un desbande general. La racia policial era algo rutinario. Una vez cada 15 días se producía alguna. Pocas veces alguien era detenido y los policías se contentaban con poner fin a la velada de apuestas.
Muchos de los que escapaban del bar elegían meterse al cementerio. Allí la oscuridad y las decenas de escondrijos ayudaban a pasar desapercibido y esperar a que los policías se aburrieran y se fueran.
Pero esa noche había varios que habían tomado de más y les costó escapar. La versión es que el Gordo Berardi fue uno de los pocos que logró escabullirse de la policía. El Gordo cruzó al cementerio y encontró una serie de nichos que estaban en construcción y se le ocurrió meterse en uno de ellos, que estaba como a un metro del suelo.
El agujero era chico, pero no tanto para que no cupiera su panza. Allí, pasado de copas y con el calorcito de su cuerpo encerrado en el cubículo, el Gordo se quedó dormido mientras esperaba que la policía se fuera.
A la mañana, temprano, Chucha llegó a trabajar. Agarró el balde y la cuchara y encaró para los nichos, en donde debía terminar un revoque.
Cuando llegó hasta el lugar de la obra, el Gordo Berardi se estaba despertando. Chucha vio solo unos pies dentro del nicho que se movían y el quejido del difunto, que trataba de recular para salir.
El albañil tiró el balde y la cuchara y empezó a correr. Salió del cementerio y siguió hacia el Este. Algunos aseguran habérselo cruzado en El Mirador, pálido y resollando y girando la cabeza cada tanto, como para ver si alguien lo perseguía.
Dicen que estuvo varios días desaparecido. Cuando lo encontraron decía incoherencias, temblaba y tenía la ropa desgarrada.
El Chucha nunca volvió a ser el mismo. Unos meses después apareció en el estadio del Atlético San Martín. El Chancha se apiadó de él y le dio bebidas y fruta para que vendiera.
Un día no se lo vio más. Dicen que murió, que fue sepultado en Buen Orden y que las noches en que juega San Martín su espíritu vaga por el camposanto gritando goles imaginarios.