A seis años de la cuarentena por Covid 19: cómo vivió Mendoza la pandemia que cambió todo
Este 20 de marzo se cumplieron 6 años del inicio del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) en Argentina, una medida que modificó de forma drástica la vida cotidiana. En Mendoza, el confinamiento no solo implicó quedarse en casa: fue el comienzo de una transformación profunda en los hábitos, las relaciones sociales y la manera de organizar el día a día.
Las primeras semanas estuvieron marcadas por un escenario inusual: calles vacías, controles policiales y una rutina completamente alterada. Con el correr del tiempo, y ante la necesidad de flexibilizar el encierro, la provincia implementó medidas que quedaron grabadas en la memoria colectiva, como las salidas según la terminación del DNI, que organizaban los días habilitados para circular y evitar aglomeraciones.
El uso del barbijo obligatorio se convirtió rápidamente en una de las imágenes más representativas de la pandemia. Tapabocas en supermercados, farmacias y espacios públicos pasaron a ser parte de la vida cotidiana, al igual que el alcohol en gel y los controles de temperatura en ingresos a comercios y edificios.
Sin embargo, el aislamiento no se vivió de la misma manera en todos los hogares. En sectores más vulnerables, el confinamiento significó habitar espacios reducidos, muchas veces sin condiciones adecuadas, donde la falta de privacidad y el hacinamiento intensificaron las tensiones cotidianas. Para miles de mendocinos, quedarse en casa no era solo una medida sanitaria, sino también un desafío diario para sostener la convivencia.
En ese contexto, se registró un aumento de las situaciones de violencia de género y violencia intrafamiliar, una problemática que se profundizó durante la pandemia. El encierro prolongado, la convivencia forzada y las dificultades para acceder a redes de contención o realizar denuncias dejaron a muchas mujeres en situaciones de mayor vulnerabilidad.
A la par, el contexto estuvo atravesado por una fuerte crisis económica, que sumó presión a la vida cotidiana. La incertidumbre laboral, la pérdida de ingresos y la dificultad para sostener actividades generaron un clima de preocupación constante. En paralelo, la vida se trasladó puertas adentro. La virtualidad dejó de ser una opción para convertirse en necesidad: las clases online sostuvieron el ciclo educativo, mientras que el home office se instaló de forma acelerada en numerosos sectores. Las reuniones virtuales, incluso entre familiares y amigos, pasaron a reemplazar encuentros que hasta entonces eran presenciales.
Este cambio no fue solo tecnológico, sino también social. El aislamiento prolongado impactó de lleno en los vínculos: cumpleaños celebrados por videollamada, reuniones familiares suspendidas y una distancia física que obligó a repensar las formas de cercanía.
A la vez, comenzaron a visibilizarse las dificultades emocionales derivadas del encierro. Especialistas en salud mental advirtieron un aumento en los niveles de ansiedad, estrés y depresión, especialmente en contextos de incertidumbre y aislamiento.
Con el paso de los meses, Mendoza avanzó en aperturas progresivas, pero muchas de las transformaciones llegaron para quedarse. Hoy, el trabajo remoto sigue vigente en distintos ámbitos, las reuniones virtuales son parte habitual de la dinámica laboral y la tecnología quedó consolidada como herramienta central para sostener vínculos.
Al mismo tiempo, la experiencia del aislamiento dejó una huella en la forma de relacionarse: una mayor valoración de lo presencial, del encuentro cara a cara y de los espacios compartidos que durante meses estuvieron vedados.
A seis años de aquel 20 de marzo de 2020, Mendoza recuerda no solo el encierro, sino también el cambio profundo que atravesó a toda una sociedad. Una experiencia que transformó hábitos, expuso desigualdades y redefinió, en muchos sentidos, la vida cotidiana.