HISTORIAS DE POR ACÁ

Antes de que llegue Alfredo

Las horas que quedan, con recuerdos cruzados y una última petición en la vigilia final de una mujer que muere esperando a sus hijos.

—¿Cómo está Graciela, Chango?
—No soy el Chango, Chona. Soy Enrique. Y no se saque la mascarilla, que le ayuda a respirar mejor y a estar más tranquila. A ver... déjeme colocársela...
 

Respira y cierra los ojos. Se relaja, pero la calma dura apenas cinco minutos. Después intenta hablar otra vez y manotea la mascarilla de oxígeno para
quitársela.


—¿Por qué estoy acá, Chango?
—Para que la curen. Acá hay médicos y enfermeras, y está mejor que en su casa, sola.
—Pero si yo no estaba sola. Estaba con vos...
—Pero yo no soy médico, Chona. Y usted necesita uno.
—¿Hablaste con el Alfredo? ¿Dónde está el Alfredo?
—Está viniendo para acá, Chona, pero el viaje es largo. Va a tardar un poco, pero ya va a llegar. Déjese puesta la mascarilla, no se la saque... 

Tiene 78 años. Sus hijos viven lejos, en el sur. El Chango vive a mil kilómetros. El Alfredo, a casi tres mil. Yo no soy nada, pero estaba cerca cuando le agarró esta peste que se transformó en neumonía. 

Otros cinco minutos de calma. Solo cinco.

—¿Y cómo está la Graciela, Chango? Yo la quise ir a ver cuando se enfermó,
pero... ¡el viaje se me hace muy largo...!
—Está bien. Le manda cariños. Ya va a venir a verla.
—¿Le dijiste que se alimente bien, que descanse, que no se haga tanta mala sangre con esas cosas del sindicato?
—Sí, le dije todo lo que usted me dijo, Chona.
—Hay que regar las plantas del patio. No te olvides, porque se me van a morir si no las regás.
—No, no me olvido.
 

Así fueron las siguientes cuatro horas. En la quinta ya no tenía fuerzas para hablar ni para quitarse el oxígeno. Lo último que dijo fue:
—Tapame con la cobija, que tengo frío, Chango, y decile al Alfredo que riegue las plantas antes de venir...
 

Ya no pude decirle que no soy el Chango, su hijo mayor. No pude decirle que su nuera Graciela había muerto hacía cinco meses. Pero después tuve que decirle al Alfredo, su hijo menor, que la Chona había muerto quince minutos antes de que él llegara al sanatorio.
Luego me fui a regar las plantas.