HISTORIAS DE POR ACÁ

Manual mínimo para subir a una terraza y mirar el cielo

Un techo sin barandas ni virtudes aparentes se vuelve, de noche, un refugio contra el ruido de la ciudad y un puente inesperado hacia otros cielos, otros tiempos y una forma íntima de estar a solas.

El lugar donde vivo no tiene muchas virtudes. En realidad, no tiene mucho de nada. Lo que sí tiene es una terraza.

No es una terraza preparada para serlo. Más bien es un techo plano donde no hay casi nada: apenas el tanque de agua y un tendedero en el que solo se puede colgar la ropa que uno pretende regalarles a los perros del vecino. Porque allí arriba siempre hay viento. Fuerte, más o menos fuerte o, como mínimo, una brisa intensa que arranca de la soga las sábanas, las camisas y hasta los calzones. Apenas las medias resisten. Desde que vivo acá tengo muchas medias y poca ropa.

Es un departamento solitario, en un primer piso, arriba de un local vacío. Por eso la terraza está bien alta, más arriba que casi todo el resto de la ciudad. Apenas la superan algunos edificios lejanos, el campanario sin campanas de la Municipalidad y el mástil de la plaza.

Pero ahí donde se la ve, tan modestita y sin barandas ni nada, la terraza es lo mejor que tiene este lugar. Es el mejor lugar que he conocido en los últimos años. Pero no a cualquier hora: es el mejor lugar cuando cae el sol, cuando ya es de noche. Antes, el sol revienta la piel.

Cuando oscurece, todo cambia. Siempre está fresco. Siempre hay una brisa —por lo general del sudeste— que cruza la terraza y renueva.
Pero eso no es lo mejor de la terraza. Ahí arriba los ruidos de la ciudad ya casi no se escuchan y las luces artificiales ya no molestan. Entonces el cielo es más oscuro y las estrellas, mucho más brillantes.

La primera vez que subí de noche me impactó. Más aún: me llevó al pasado, a otros cielos similares. Y, a pesar de que los creía ya olvidados, se acomodaron instantáneamente en el cielo de mi terraza.

Sin pensarlo, supe hacia dónde mirar para buscar la Cruz del Sur, las Tres Marías y hacia dónde para ver todavía a Venus, que quería acostarse en la cordillera. Y recordé tres cielos.

Uno, el de mis años de niño, en mi tierra. Allá, en medio del monte, donde estaba la casa de mi viejo. No hay otro cielo más estrellado que ese. Ninguno, en ninguna parte.

El otro cielo es el que vi cuando tenía unos diecinueve años. Yo corría en medio de la noche, de la nada, por la ruta. No había nadie. Solo yo, corriendo, debajo de un tremendo cielo estrellado. No recuerdo haberme sentido así nunca más. Recuerdo haber perdido en ese momento la noción del tiempo, del lugar, del cansancio, del destino.

El tercer cielo fue el de una noche en una ciudad ajena y lejana. En un banco de una plazoleta que quedaba junto a la terminal de ómnibus. La última vez que pasé por allí me causó una gran desolación ver que ya no estaban el banco, ni la plazoleta, ni la terminal. La de aquel cielo estrellado fue la misma sensación de inmensidad, aunque quizás esa noche la inmensidad tenía otros condimentos.

En mi terraza, en este modesto espacio sin firuletes, encontré mis otros tres cielos la primera vez que subí. Desde ese momento subo todas las noches. A veces me quedo un rato larguísimo y otras, solo un instante.

No hay nada especial allí. Apenas un cielo estrellado, con la Cruz del Sur, las Tres Marías y mis otros tres cielos. Es una zoncera. No me hagan caso. Quizás solo subo a la terraza a esperar que pase un pelado por la vereda y gritarle alguna cosa, sin que me vea.