Quién no se ha detenido en esas historias que están por todos lados
Su madre falleció como consecuencia del alcohol. Su padre también. La última vez que lo vi me dijo que él ya se sentía morir. El problema es que los borrachos somos muy sensibles y cualquier cosa nos afecta, por eso siempre volvemos a tomar me explicó.
Se llamaba Horacio, pero todos lo conocían como el Zorzal.
Su historia era una más, una de los tantos indigentes que pasan la mayor parte de sus días en las calles de la ciudad, de cualquier ciudad. De todas. Es uno de esos, que intenta esconderse de la mirada del vecino común y del policía.
Fue hace poco, en el último diciembre. Acababa de culminar otro día de Navidad. Ya la mañana del 26 de diciembre la ciudad comenzaba a recuperar su terreno perdido, su ritmo apurado. En esa esquina habitual ya se había congregado, como casi todos los días, una media docena de hombres cuyas edades iban desde los 25 a los 50 años. Todos, en mayor o menor medida, estaban bajo los efectos del
alcohol pese a que apenas habían bebido esa mañana. El Zorzal era uno de ellos.
Intentaba enfocar su mirada para verme. Se acercó caminando lento, mostrando una marcada renguera en su pierna derecha. Aceptó inmediatamente la invitación a sentarse en el borde de un cantero, presagiando lograr algún cigarrillo o algo de dinero para comprar algo más de vino.
Me confesó haber nacido en Carcarañá, provincia de Santa Fe, hacía 63 años. Mi madre y mi padre eran alcohólicos. Ella murió en el 81 por
los daños que le causó la bebida y mi padre murió atropellado por un auto en el 85, cuando caminaba borracho por la calle.
Horacio recordó que un día, cuando yo tenía 13 años he iba a séptimo grado, llegué en pedo a la escuela. Nunca más pude dejar de tomar, salvo en algunos momentos que fueron muy breves. Esos momentos los ubicó hace varios años atrás y duraron unos 7 meses, cuando tuve tuberculosis.
Cuando le pregunté por qué bebía, intentó armar una respuesta en su mente, se quedó callado unos segundos y luego, meneando la cabeza, resignado, dijo: Es cosa del destino. Tenía que ser así.
El Zorzal fue bautizado así por su gusto por el canto, cosa que ya casi no hacía. Recordó haber trabajado en un frigorífico en Carcarañá y en el año 82 me vine a dedo, para la cosecha. Vine por 4 meses y no me fui nunca más. Tuvo alguna actividad esporádica en el rubro de la construcción y, en otros momentos también efímeros, en la gastronomía.
Me reconoció que, en un momento de su vida, intentó formar pareja con una mujer (se llamaba Norma) a la que conoció en forma casual. Pero después me advirtió que siempre fui un loco y por eso no me casé ni armé familia.
Sin embargo, me contó que un día, en algún paso por un pueblito casi perdido, se cruzó con una mujer que estaba barriendo la vereda y a la que le pidió algo de comer. Ella me dio algo. Esas noches yo dormía en el hospital para no pasar frío y, una madrugada, Norma fue a verme. Era una buena mujer dijo, aunque se reservó mayores datos y no contó pormenores de su historia de amor ni cuál fue su desenlace.
La charla con el Zorzal no fue simple. El diálogo fue lento. La bebida había hecho estragos, fundamentalmente en estos días en los que la dádiva de los transeúntes había aumentado debido a un engañoso espíritu navideño y había permitido que la compra de alcohol por parte de estos hombres fuera mayor que lo habitual.
Sin embargo, pese a su estado, logró liar un cigarrillo con sus manos callosas y sucias. En los 45 minutos que duró la charla, la voz de Horacio se quebró varias veces y las lágrimas corrieron por la piel curtida de sus mejillas. Los borrachos somos muy sensibles, cualquier cosa nos pone mal dijo. También utilizó esa frase para explicar el porqué de la reincidencia con el alcohol. Nosotros, a veces, dejamos de tomar pero cualquier cosa, que para otros parece insignificante, nos pega y volvemos a tomar.
La mayoría de estos hombres viven en la calle o en alguna casita abandonada. Algunos particulares, alguna organización humanista o la Iglesia intentan darles comida, algo de ropa y un poco de atención. Pero desgraciadamente el esfuerzo de pocos alcanza para poco. El Zorzal reconoció que a veces me siento morir. Hace unos días se me reventó la úlcera y además tengo mucho dolor en el pecho. También recordó cuando se fracturó la pierna izquierda. Todavía le costaba caminar cuando lo vi.
Intentando encontrar alguna esperanza, el Zorzal solo confesó querer volver algún día a Carcarañá, llevar a Norma, encontrarme ahí con todos mis amigos y después dejarme morir tranquilo. Sin embargo, dijo querer esta ciudad indiferente donde lo encontré. Hablaba y pensaba como si fuera un viejo muy viejo. Es que la calle es la mejor facultad y te enseña todo. Hasta cuestiones morales.
La charla llegó a su fin. Uno de sus compañeros lo vino a buscar para ir a comer a la iglesia. El Zorzal pidió unas monedas para otro vino
y luego se despidió.
Al día siguiente siguió en este lugar. En invierno, como todos los años, el frío se lleva la vida de uno de sus camaradas o la suya propia. La última vez que supe del Zorzal me dijeron que le habían amputado una pierna. Otro aseguró que ya había muerto. Pero zorzales hay muchos. En todos lados y en todas las ciudades. Hay tantos que nadie se da cuenta si alguno muere. Como si sobraran.