La Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que más de 1.095 millones de personas en el mundo padecen algún tipo de trastorno mental. Este dato, que por primera vez supera la barrera del billón de casos, refleja un problema de salud global que afecta al 13% de los hombres y al 14,8% de las mujeres en el planeta.
En este escenario, el uso de herramientas de inteligencia artificial como ChatGPT comenzó a expandirse como un supuesto sustituto de la terapia tradicional. Lo que en principio puede parecer un recurso de apoyo se transformó en un motivo de preocupación para la comunidad profesional.
Lo que la inteligencia artificial no puede hacer
Desde el campo de la psicología se observa con atención este fenómeno. Los especialistas advierten que una IA no puede construir el vínculo humano necesario para un proceso terapéutico efectivo.

El contacto humano implica gestos, pausas, respiraciones y miradas que forman parte del lenguaje emocional, elementos imposibles de replicar en una conversación con un chatbot.
La IA como acompañamiento, no como un reemplazo
Si bien algunos la utilizan como un “primer auxilio emocional”, los expertos coinciden en que no puede reemplazar el acompañamiento clínico de un profesional. Una herramienta automatizada puede brindar compañía o contención momentánea, pero carece de la interpretación profunda y la lectura del cuerpo y la emoción que caracterizan al trabajo terapéutico.
- Riesgos de confiar la salud mental a una máquina
- Entre los riesgos más señalados se encuentran:
- Consejos superficiales o poco personalizados.
- Falta de diagnóstico, seguimiento y contención profesional.
- Sensación engañosa de estar “en tratamiento” sin intervención clínica real

En casos graves, como pacientes con delirios o trastornos psiquiátricos, la IA podría reforzar las distorsiones o conducir a escenarios de riesgo.
Frente a esta realidad, profesionales del área subrayan la necesidad de regular el uso de IA en salud mental. Las propuestas más compartidas incluyen prohibir que los chatbots simulen ser psicólogos, crear protocolos de detección de riesgo ante posibles casos de autolesión o violencia, y reforzar la privacidad y la supervisión ética de los datos de los usuarios.


