105 años de Olga Orozco: mujer, poeta y bruja
Olga Orozco nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa. A lo largo de su vida, su obra poética fue reconocida por su fuerza mística y surrealista. Perteneciente a la Generación del '40 y al grupo de la Tercera Vanguardia, Orozco se formó en Letras y comenzó a escribir desde joven, logrando su primer gran éxito con Desde lejos (1946). Su estilo, que se caracteriza por versos largos y una densidad simbólica única, dejó una marca profunda en la literatura argentina.
A lo largo de su carrera, Orozco fue galardonada con numerosos premios, entre ellos el Premio Konex de Platino en 1994 y el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1998. Su poesía, cargada de símbolos místicos y existenciales, invitó a sus lectores a adentrarse en un universo de sombras y luz, donde los límites entre el cuerpo y el espíritu, la vida y la muerte, se desdibujaban. Su voz, comparada con la de las grandes poetas de su tiempo, se mantiene vigente como un faro para escritores contemporáneos.
La influencia de Olga Orozco se extiende a generaciones de poetas que la consideran una guía literaria y espiritual. Con una obra que abarcó la poesía, el periodismo y la escritura de guiones, Orozco dejó un legado imperecedero en la literatura argentina y latinoamericana.
En este aniversario, recordamos a Olga Orozco con su famoso poema "Con esta boca, en este mundo", una reflexión sobre el lenguaje, el silencio y el poder de la palabra:
Con esta boca, en este mundo
No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.
Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.
Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.
¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?