La historia del cine comenzó con un modesto cartel en una calle parisina. Los hermanos Auguste y Louis Lumière, formados en la fábrica fotográfica familiar de Lyon, lograron perfeccionar el kinetoscopio de Edison para crear un aparato capaz de filmar y proyectar al mismo tiempo. El 28 de diciembre de 1895, realizaron la primera función comercial abierta al público, proyectando escenas que hoy son míticas, como la salida de los obreros de la fábrica Lumière. Aunque al principio la concurrencia fue escasa, el impacto visual de ver el movimiento capturado por primera vez desató un interés que pronto se extendió por toda Europa.
A diferencia de otros inventores de la época, como los Skladanowsky en Berlín, los Lumière apostaron por la estandarización y la movilidad. Su cinematógrafo era manual y liviano, lo que permitió que técnicos viajaran por todo el mundo instalando salas y registrando nuevas realidades. Incluso cuando decidieron dejar de filmar en 1905 para volcarse a la investigación médica y a la fotografía a color (con las famosas placas autocromas), ya habían dejado una marca imborrable: el formato de 35 milímetros que la industria utilizó durante casi un siglo.
Resulta irónico recordar que los propios Lumière llegaron a considerar su creación como una curiosidad científica con poco recorrido comercial. Sin embargo, su capacidad para convertir la captura de la realidad en una experiencia compartida fue la chispa que encendió la industria audiovisual. A 130 años de aquella tarde en París, el cine no solo ha sobrevivido, sino que se ha reinventado a través de lo digital, manteniendo viva la premisa original de los hermanos de Lyon: el asombro frente a la imagen en movimiento.



