El 29 de marzo de 2019, el mundo del cine perdió a Agnès Varda, una de las voces más originales y libres de la historia del séptimo arte. Pionera de la Nouvelle Vague, su cine combinó la experimentación visual con un profundo interés por lo social, lo político y lo íntimo. Varda no solo abrió camino a las mujeres en la dirección cinematográfica, sino que también reinventó la manera de narrar historias, difuminando los límites entre la ficción y el documental.

Desde su primer largometraje, La Pointe Courte (1955), quedó claro que su mirada era única. Obras como Cléo de 5 a 7 (1962), Sans toit ni loi (1985) o Los espigadores y la espigadora (2000) reflejan su interés por la marginalidad, el azar y la poesía cotidiana. Su estilo, que ella misma denominó cinescritura, era una forma de experimentar con la imagen y la narrativa, siempre con una sensibilidad cercana y humanista.

Más allá de su cine, Varda dejó huella como artista y como mujer comprometida con su tiempo. Fue testigo y cronista de movimientos sociales, desde los Black Panthers en Estados Unidos hasta las luchas feministas en Francia. Su presencia en el cine fue siempre un acto de resistencia y de renovación, influyendo a nuevas generaciones de cineastas que siguen bebiendo de su legado.
Para adentrarse en su universo, una de sus películas imprescindibles es Cléo de 5 a 7 (1962), un viaje íntimo y existencial que sigue a una joven cantante durante dos horas cruciales de su vida. Con un uso innovador del tiempo real y una reflexión sobre la feminidad y la mortalidad, este filme es una de las mejores puertas de entrada al cine de Varda.



