Las palabras que elegimos, las que dejamos resonar en nuestra mente y las que pronunciamos hacia otros, tienen un poder inmenso. Moldean nuestra percepción del mundo, influyen en nuestras emociones y, en última instancia, determinan el rumbo de nuestras vidas. A fin de año, el coaching ontológico nos invita a observar con atención cómo nuestras palabras crean nuestra realidad, a tomar conciencia de su impacto y a utilizarlas con responsabilidad para construir la vida y la realidad que deseamos.
Presta atención a la siguiente reflexión: ¿Cuántas veces te has dicho a vos mismo "soy un fracaso", "no soy capaz", "esto es imposible", “otro año más que no llego a mis metas”? Estas afirmaciones, repetidas una y otra vez, se convierten en profecías autocumplidas: nos limitan, nos bloquean y nos impiden alcanzar nuestro potencial. Del mismo modo, las palabras que dirigimos a otros pueden herir, desmotivar o, por el contrario, inspirar, alentar y fortalecer.
Imaginá que estás en una situación que para vos es importante: una presentación en el trabajo, una exposición en la facultad o un compromiso familiar. De pronto, cometes un error frente a todos. En ese instante, tu mente te bombardea con pensamientos negativos: "Soy un inútil, nunca hago nada bien", "¿Qué van a pensar de mí?". La vergüenza, el desánimo y el miedo a volver a intentarlo te invaden.
El error se magnifica, se convierte en una prueba irrefutable -a tu juicio- de tu incompetencia, y te paraliza. ¿Por qué sucede esto? Porque generalizas, englobando el todo en lugar de la parte. Pensas "nunca hago nada bien" en lugar de "esta presentación no me ha salido bien".
Y aquí surge la pregunta clave: ¿qué significa "bien" y "mal"? En lugar de dejarte llevar por la autocrítica destructiva, es importante analizar la situacion desde otro lugar, aprender de él y seguir adelante. Y que tal si cambiamos la pregunta de ¿Por que sucede esto? Por un ¿para que me sucede esto?

Ahora imagina la misma situación, el mismo error en la presentación. Pero esta vez, en lugar de recriminarte, te decis a vos mismo: "Cometí un error, pero puedo aprender de él". En lugar de hundirte en la culpa y en el ERROR, te enfocas en la posibilidad de crecer, de superar el obstáculo. Te sentis motivado a mejorar, a practicar y a volver a intentarlo con más fuerza.
¿Cuál es la diferencia entre ambas situaciones? La diferencia entre ambas situaciones radica en el lenguaje que usaste para interpretarlas. En el primer caso, te limitaste al juzgarte con dureza y te cerraste a la posibilidad de aprender. En el segundo, empleaste un lenguaje que te empoderó, permitiéndote ver la situación desde una perspectiva más amable y compasiva. En lugar de criticarte, te impulsaste a seguir adelante con amor y respeto hacia ti mismo y tu proceso de vida.
Al llegar a fin de año, es un momento ideal para hacer una pausa y reflexionar sobre nuestro diálogo interno. Preguntate: ¿cómo te hablas en el día a día? Si tendes a criticarte constantemente, puede ser una señal para empezar a practicar un lenguaje más respetuoso con vos mismo. Muchas veces somos más duros con nosotros que con los demás, sin darnos cuenta del impacto que esto tiene en nuestra confianza y bienestar emocional.

Es fundamental recordar que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que también la genera. Las palabras que usamos para hablar con nosotros mismos tienen un poder transformador: pueden limitarnos o impulsarnos hacia una vida más plena. Al cambiar las palabras que elegimos, incluso las que nos decimos en silencio, tenemos la posibilidad de crear una vida más coherente con lo que buscamos día a día.
Ahora te dejo una pregunta para que te tomes un momento, cierres los ojos por unos segundos y pienses ¿Qué me digo cuando digo lo que digo? Date la posibilidad de escucharte conectando con tu aquí y ahora!
Nos leemos la próxima!
