La fruticultura de pepita en Mendoza atraviesa un escenario crítico. En el Valle de Uco, una de las zonas históricas del sector, la superficie cultivada se redujo de manera drástica: de más de 35.000 hectáreas en su mejor momento a apenas unas mil dedicadas a manzana y aún menos a pera. La caída refleja años de pérdida de competitividad y abandono productivo.
El deterioro se explica, en gran parte, por la falta de rentabilidad sostenida. Los productores dejaron de invertir en tareas clave como poda, fertilización o renovación de montes, lo que aceleró el envejecimiento de las plantaciones y redujo su rendimiento. Recuperar esas fincas, advierten, es mucho más costoso que haberlas mantenido activas.

El impacto se extendió a toda la estructura económica vinculada. La menor producción golpeó a empaques, frigoríficos, transportistas y trabajadores rurales, desarmando una cadena de valor que durante años fue clave para la economía regional. En paralelo, las exportaciones también evidencian el retroceso: de cifras millonarias a fines de la década del 2000, hoy el sector quedó relegado frente a otros productos provinciales.
A este escenario se sumó la pérdida de ventajas competitivas frente a otros países. Mendoza no logró sostener su posición en mercados internacionales ni capitalizar oportunidades como la cosecha temprana. Mientras tanto, competidores como Chile avanzaron con inversión, tecnología y diversificación, consolidando su liderazgo en el rubro.
Frente a este panorama, muchos productores optaron por reconvertir sus fincas hacia la vitivinicultura o los frutos secos, transformando el perfil agrícola del Valle de Uco. Para el sector, el desafío ahora pasa por repensar el modelo productivo, con mayor integración, innovación y acceso al financiamiento, para evitar que la actividad desaparezca por completo.



