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Historia

El Valle de Uco indígena y colonial: conquistas, pandemias y adaptaciones.

En este imperdible artículo, Margarita Gascón y María José Ots, reviven el largo proceso de cambios profundos y permanentes, que atravesaron los habitantes de nuestra tierra en siglos pasados.   

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Actualmente el Valle de Uco es valorado por su vitivinicultura, enoturismo y majestuosos paisajes andinos. Sin embargo, su pasado más remoto, aquel referido a los tiempos precolombinos y coloniales, nos es todavía bastante poco conocido. Incluso, el valor patrimonial arqueológico y colonial es mayormente una deuda pendiente. Nos referimos acá a ese largo proceso de cambios profundos y permanentes enmarcados por las conquistas, las pandemias y las adaptaciones. 

Imponente paisaje del Valle de Uco mendocino

Este es uno de los primeros mapas que identifica a Uco y fue publicado en 1646 por el jesuita Alonso de Ovalle en su obra Histórica Relación del Reino de Chile: y de las misiones que ejercita en él la Compañía de Jesús. Ovalle distinguió a Uco (1) de la Ciudad de Mendoza (2) y presentó elementos naturales como los volcanes, ríos, las lagunas de Guanacache, un guanaco perseguido por un indígena, un felino (puma) y una planta de jarilla cuya importancia radicaba en sus propiedades medicinales. 

El original, en el repositorio digital de la John Carter Brown Library, puede ampliarse para ver en detalle.

 Digital Collection en www.jcblibrary.org 

Este proceso se sintetiza de la siguiente manera. Desde antes de la llegada de los españoles, los Huarpes en Uco habían interactuado con foráneos. Alrededor de 1480, aunque pudo haber sido más temprano, los incas ingresaron a Mendoza durante su constante expansión imperial. Los españoles lo hicieron cuando se cerraba el siglo XVI, provocando el cambio demográfico más permanente y sustancial hasta ese momento. La principal causa fue que los conquistadores introdujeron enfermedades infecciosas letales como la viruela, el sarampión, la gripe y las anginas. Expuestos por primera vez a estos patógenos, los nativos carecían de inmunidad. La pandemia fue la experiencia común de las más diversas etnías indígenas a lo largo y ancho de nuestro continente, y en una forma tan indiscutible que el historiador ambiental Alfred Crosby en 1999 pudo afirmar que las epidemias contribuyeron más que la pólvora a la conquista de América. Al diezmar a las sociedades indígenas, la “catástrofe demográfica” de las primeras décadas del periodo colonial debida a las pandemias contribuye a explicar que la ocupación de tierras en numerosos lugares de América se lograse rápidamente. 

Uco parece ser uno de esos lugares de vertiginosa apropiación española de la tierra. La siguiente transformación de Uco fue a finales del periodo colonial y se debió a la expulsión de los jesuitas (1767) y a la inmediata fundación del fuerte de San Carlos (1769), dos episodios que a primera vista parecieran no estar relacionados entre sí, aunque mostraremos la estrecha relación de causa-efecto entre ambos

Ilustración de los Jesuitas y aborígenes por elarcondelahistoria.com

Uco y Xaurúa huarpe

Los documentos coloniales a veces diferenciaron a Uco como el territorio ubicado al norte del río Tunuyán y a Xaurúa al ubicado al sur de ese río. Asi figura, por ejemplo, en el mapa de 1626 que acompañó la entrega de tierras que se daban en esta parte de Mendoza al capitán Juan de Amaro. Estas eran denominaciones de Uco y Xaurúa eran prehispánicas y aún se discute su origen y significado. Sabemos que la penetración inca siguió el eje norte-sur y andino del Qhapac ñan (Camino del Inca), desde Uspallata hacia Uco y Xaurúa. A este eje actualmente se lo denomina “camino de la carrera”, que, en español antiguo, “carrera” designa a una vía de circulación. Así se denominó al paraje que fuera una estancia jesuítica colindante con la otra estancia jesuítica, “San José y Santa María de Uco”, localizada en Atamisque, en la rivera sur del arroyo Anchayuyo (que significa “Gran mentiroso”). La estancia de La Carrera fue entregada en merced al español Pedro de Ibacache quien la donó a los jesuitas en 1632. Los padres la bautizaron como “San Francisco de la Carrera” y contenía la vía de comunicación entre Uspallata y Uco. Este eje de circulación proyecta hacia el sur a la actual ruta 149, pero ha quedado oscurecido en su importancia por la dinámica poblacional colonial derivada de la expedición enviada desde Santiago de Chile para fundar la ciudad de Mendoza (1561) en el valle de Guantata. Desde acá, el avance español hacia Uco-Xaurúa fue en busca de mano de obra nativa para entregar en encomienda a los fundadores y primeros pobladores de la ciudad de Mendoza.

Durante los últimos 500 años, el registro arqueológico muestra que los Huarpes de Uco habían incrementado su ocupación permanente del piedemonte. Hubo concentración demográfica, con poblados localizados en las proximidades de los cauces principales, como los arroyos Anchayuyo y Las Tunas y el río Tunuyán. La subsistencia se basaba en la caza y en la recolección, con el aporte de la horticultura en tierras con irrigación. Varias de las acequias conservaron durante la colonia las nomenclaturas indígenas de Pataucasti, Xecti, Repnenta, al igual que se conservaron las denominaciones nativas de los parajes de Gualtallarí, Llocorón, Gelante, Yaucha-Cuyumín, Priuniante (El Manzano) y Cápiz.

Fotografía contemporánea del río Tunuyán. "Hubo concentración demográfica, con poblados localizados en las proximidades de los cauces principales, como los arroyos Anchayuyo y Las Tunas y el río Tunuyán"

La población Huarpe en general sólo puede estimarse de modo conjetural, pero lo que sabemos es que hubo un abrupto descenso demográfico desde finales del siglo XVI y primera parte del siglo XVII. En 1613, el Provincial de la compañía de Jesús, Diego de Torres, informaba que Barrancas y Uco “fueron antiguamente mui poblados, pero ya estan casi yermos”. A partir de 1620 las tierras de Uco se decía que estaban deshabitadas y vacantes para poderse entregar en mercedes.

El sistema de encomienda permitía a los españoles percibir un tributo de los indígenas a veces en forma de trabajo personal, lo cual justificaba que los llevasen a trabajar a otros lugares, desarraigándolos para siempre. Una de las encomiendas más tempranas fue la de 1562 a Diego de Velazco, con indios del cacique Guarinay. Aunque sacar indios encomendados del lugar donde residían estaba prohibido por el rey, la ganancia anual por el alquiler de un indio para que trabajasen para otra persona era el doble del tributo regular y, además, el pago era por adelantado. En números, el proceso de sacar indios encomendados resultó en que, entre 1610 y 1630, de las 34 encomiendas mendocinas, 23 tenían a sus indígenas radicados en Santiago de Chile. A pesar de la baja demográfica y del drenaje de nativos desde Mendoza a Santiago, en 1620, Alonso Niño de Cepeda todavía pudo conseguir una encomienda y una merced en Xaurúa. A finales del siglo XVII, dos jesuitas que cruzaban los Andes denunciaron que los Huarpes por la obligación de ir a trabajar a Santiago lo hacían en condiciones tan deplorables que perdían los dedos de las extremidades por congelamiento.

La población Huarpe tuvo un abrupto descenso demográfico desde finales del siglo XVI y primera parte del siglo XVII

La baja tasa de natalidad fue otra consecuencia de la merma de la población nativa de Uco. Los hombres en general, pero también mujeres jóvenes adultas, eran llevados a trabajar a otros lugares, sobre todo a Santiago de Chile, quedando en los poblados nativos solamente niños, ancianos y personas que, en general, no podían trabajar. Una prueba es el cementerio indígena de Cápiz datado para el colonial temprano: de los 19 cuerpos, solamente seis corresponden a adultos, cuatro de sexo femenino y dos masculinos.

Durante todo el periodo colonial, una de las pandemia que provocó cambios demográficos importantes fue la viruela. Por ejemplo, en marzo de 1787, el cacique pehuenche Anguenao se estaba muriendo de viruela cuando el encargado del fuerte de San Carlos le avisó al comandante de frontera, Francisco de Amigorena, que los indios se habían marchado “tierra adentro” para protegerse del contagio a través de un mecanismo que hoy nos resulta familiar: el aislamiento. El inconveniente fue que, en mayo de ese año, se consultó a Amigorena si podía enviar a “médicos sangradores” al lejano paraje de Latuel, donde los Pehuenche le reclamaban esa ayuda como parte de la reciprocidad, por ser aliados de los españoles de Uco.

Ocupación colonial

El despoblamiento nativo facilitó la rápida ocupación española del valle sin que hubiese una clara oposición indígena por verse privados de suelo y de agua. Entre los primeros favorecidos por una merced estuvo Bartolomé Maldonado, que en 1618 figuraba como propietario de tierras con agua “nombradas Gelante”. Una década más tarde, “Gelante” era una estancia jesuítica. Otro propietario, Juan de Amaro, en 1625 vendió sus 4.000 cuadras en Xaurúa a Jacinto Videla de Guevara. El Maestre de Campo Domingo Sánchez Chaparro, enviado como corregidor a Mendoza desde 1646, fue dueño de la importante estancia de "El Cepillo” en Xaurúa que, en 1609, Francisco de Larrinaga le había arrendado para pastura. Las vastas propiedades eran aprovechadas para pastoreo del ganado vacuno y caballar traído desde Paraguay, sur de Córdoba y Buenos Aires. El ganado cruzaba los Andes por el paso del Portillo de los Piuquenes a 4.035 msnm hacia Santiago de Chile. Desde allí, los españoles se unían al circuito mercantil del Pacífico via puerto de Valparaíso. Los jesuitas aprovechaban esta red subcontinental a través de sus misiones y estancias, desde Paraguay y las pampas, hasta Chile y Perú, teniendo en Uco un centro de articulación entre las dos vertientes de los Andes. Ya en 1620 Uco figuraba como parte de la encomienda de González Farías y como una porción de la enorme estancia jesuítica de “La Arboleda”.

Esta porción de un mapa de las misiones jesuíticas en Paraguay y Argentina, está incluido en una carta de los jesuitas. Localiza las principales poblaciones y los ríos desde las misiones a las estancias de Córdoba (señala Alta Gracia). El río Mendoza y el Tunuyán aparecen como parte de una misma cuenca que desemboca en Guanacache. Die Landschaft nider=Paraguaria, Samt den Ländern Tucuman, Tscharvas, Tschaco, Mocobis, und einem Theil des Königreichs Tschili (1728)

. El original en el repositorio digital de la John Carter Brown Library puede ampliarse para ver en detalle.

 Digital Collection en www.jcblibrary.org 

Desde “La Arboleda” partió el padre Luis Andrés Agrícola hacia el Diamante y Latuel. Oficialmente, iba a evangelizar a “guancas, charrúas, pampas y otras naciones que entonces poblaban aquellas tierras”, aunque debió aprovechar para arreglar intercambios con los Pehuenche. En particular, para que llevasen sal a las estancias de Uco donde se procesaba tasajo que servía como alimento para los esclavos negros que trabajaban localmente, pero que podía también exportarse para las haciendas algodoneras y azucareras de la costa peruana. Agrícola promovió la próspera presencia de la Compañía en Uco. Había llegado en 1616 a Buenos Aires, castellanizando su apellido alemán de “Feldman” por “Agrícola”. Evadía así la prohibición a los extranjeros de residir en esta parte del imperio. En Mendoza recibió su ordenación sacerdotal, dedicándose a misionar al Huarpe cuya lengua aprendió. También aprendió la lengua de los negros de Angola, un indicador del volumen de la introducción de esclavos en Uco.

La presencia jesuítica en el valle impactó no solamente por la acumulación de propiedades por donaciones, trueques y mercedes sino también por la introducción de esclavos negros, por el entramado de colegios y estancias que permitían un comercio regional entre Paraguay, las pampas, Chile y Perú, y con los nativos del sur que proveían de un insumo estratégico como era la sal para la preparación de tasajo. También llevaban a Uco brea que se usaba como aislante en las construcciones y en las vasijas para el transporte del vino, y ponchos y mantas que intercambiaban en las estancias jesuíticas por añil para tejidos y por alimentos perecederos (cabras y ovejas) y no-perecederos, como frutas secas y semillas.

Detalle de un mapa de 1748, Jean Baptiste Bourguignon d" Anville (1697-1782). AMÉRIQUE MÉRIDONALE : PUBLIÉE SOUS LES AUSPICES DE MONSEIGNEUR LE DUC D"ORLEANS PRÉMIER PRINCE DU SANG / PAR LE Sr. D"ANVILLE MDCCXLVIII avec Privilege. Permite reconstruir el entramado de las estancias jesuíticas en Córdoba y su paso hacia Mendoza. Marca las lagunas de Guanacache y los ríos Mendoza y Tunuyán como parte de una misma cuenca.  

El original en el repositorio digital de la John Carter Brown Library puede ampliarse para ver en detalle. Digital Collection en www.jcblibrary.org 

Es interesante el impacto de la cría de ovejas durante el periodo colonial entre los indígenas mendocinos. El manejo de ganado lanar no ha sido del todo estudiado, principalmente debido a que se ha exaltado el robo de ganado vacuno en los malones; algo característico de seguir escribiendo la historia local con los parámetros de lo que sucedía en Buenos Aires. El ganado lanar marcó el paso del manejo ambiental precolombino al manejo ambiental colonial, como una de las exitosas adaptaciones de las sociedades nativas a los cambios en el uso de los recursos. Los cazadores precolombinos de tiempo completo se volvieron pastores coloniales de tiempo parcial, debiendo asegurarse el acceso a ambientes adecuados, tanto en el llano como en la montaña. Además de ser una fuente de proteínas animal, el tamaño de los rebaños de ovejas fue proporcional al rol que adquirieron los tejidos (ponchos y mantas) realizados como “pasaporte”, junto con la sal, para acceder a los mercados coloniales. En 1774, los Pehuenche tenían un estimativo de 2.000 ovejas, solamente alrededor del cerro Campanario. En 1780 se informó de una expedición desde Uco contra tribus Pehuenche que les arrebató 1.114 ovejas contra unos 100 caballos, 200 cabras y 17 vacas lecheras. Siete años después, otra expedición les quitó más de 3.000 ovejas.

La última adaptación colonial de Uco-Xaurúa: de las estancias al fuerte

Como en el resto del imperio, la Compañía estaba preparada para la defensa (a menudo, armada) de sus bienes temporales, misiones, estancias y haciendas. Tras la expulsión de los jesuitas de todo su imperio, ordenada en 1767 por Carlos III, los bienes en Uco pasaron a las Temporalidades y a su remate entre los civiles. Pero los Pehuenche debieron encontrar la forma de adaptarse y siguieron yendo a Uco para sus intercambios. Solo que ahora el mercado había cambiado de lugar: ahora el sitio de los intercambios no era la estancia de los padres sino el fuerte de San Carlos fundado en 1770. ¿Se relacionan ambos sucesos? Consideremos que los jesuitas habían sido quienes favorecieron los intercambios con los nativos del sur mendocino, como que eran los dueños de las mejores y más importantes salinas, quienes traían ponchos y mantas de excelente labor, y proveían de otros bienes como plumas de avestruz, brea, materiales de construcción e inclusive vasijas de cocina. El comercio necesitaba de entendimientos y, de hecho, hay registrados pocos ataques indígenas durante el siglo XVII (1632, 1658 y 1661). El episodio más grave fue la muerte del padre Lucas Pizarro en 1666 durante un ataque mientras hacía una inspección. En ese momento y frente a la gravedad de los sucedido, los padres amenazaron con abandonar las estancias de Uco y concentrar sus operaciones en las estancias de San Luis. Nada de eso ocurrió y prácticamente la situación continuó igual, aun con denuncias por robos y conflictos entre civiles y la Compañía por los límites de las propiedades.

Los reclamos por la defensa armada del valle frente a posibles robos y ataques de nativos se impusieron en la agenda ciudadana cuando los bienes de los jesuitas pasaron a los laicos tras efectivizarse la expulsión de la Compañía de Jesús de todo el reino que ordenara Carlos III. En 1769 los flamantes propietarios, junto con los antiguos propietarios de Uco y Xaurúa, le pasaron al Estado colonial el costo de la defensa de sus propiedades rurales. En una sesión en la modalidad de “cabildo abierto” para que así pudieran participar todos los vecinos (o sea, propietarios), se acordó sin objeciones la construcción de un fuerte en Xaurúa. Este nuevo puesto español, laico, sería un nuevo lugar, polivalente. Ejercería el control y la vigilancia, sería una aduana y un mercado como anteriormente lo habían sido las estancias de la compañía. Como aduana, ocasionalmente los nativos debían pedir el permiso para seguir con sus cargas hasta la ciudad de Mendoza. Pero la ciudad protestaba porque los nativos se quedaban por más tiempo del que les llevaba comerciar. Mientras vivió, el comandante de frontera Francisco de Amigorena usualmente recibía a los jefes tribales y sus principales hombres, los alimentaba y alojaba pero luego le pasaba los costos de estos servicios al erario público. La mayor cantidad de veces, dado que el número de indígenas que llegaba para comerciar era nutrido, Amigorena exigía que se quedaran en el fuerte de San Carlos haciendo allí sus negocios; que el encargado del fuerte viera cómo los alimentaba y entretenía para que no se ofendieran. Así, el fuerte como mercado posibilitaba el intercambiaban de bienes traídos por indígenas por los alimentos producidos por los españoles. En 1787 se registró que los Pehuenche entregaron sal por trigo; en 1788 y 1789 allí compraron sus “comestibles”; en 1794 el intercambio fue de sal por trigo y pasas de uva; y en 1799 fue de sal por granos.

Restos del Fuerte de San Carlos durante recientes labores de restauración. Foto de MJOts

Actualmente se conserva solamente una pequeña porción del fuerte de San Carlos, a diferencia de la nula presencia que ha quedado del pasado jesuítico. Por esto, reconstruir el pasado tanto indígena como colonial y darle valor patrimonial al Valle de Uco desde las labores de la arqueología y de la historia continúa siendo una invitación abierta.

Las autoras de la investigación

Agradecemos a:  Margarita Gascón, María José Ots y  Jorge Ricardo Ponte

Foto de portada: Valle de Uco

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