Ernesto Espeche presentó su primera novela “Treinta y Nueve Metros”, editada por la prestigiosa Editorial Paradiso. El reconocido, periodista, investigador y docente de la UNCuyo propone un viaje singular, al brumoso terreno sin tiempos de la memoria, en sus propias palabras.
Si bien es su primera novela, Espeche reconoce que venía bordeando la narrativa de ficción desde hace tiempo. En su rol de investigador y docente de la UNCuyo ya había logrado publicar algunos de sus escritos en modo de ensayos y trabajos de investigación académica, además su participación activa desde hace años militando activamente en el movimiento de derechos humanos hizo que la redacción del nuevo trabajo comenzara organizando testimonios, crónicas y ensayos, hasta que los textos se vieron desbordados, y notó que se encontraba en otro territorio, que como lector conocía, pero como escritor no. Finalmente terminó arriesgándose a escribir en este nuevo registro que es la ficción. Diario Mendoza dialogó con el autor.
¿Cómo empezó el proceso de tu primera novela?
Esta novela nace cuando yo estaba trabajando en Radio Nacional, en noviembre de 2014, en ese momento me avisa un perito del equipo argentino de Antropología Forense, que habían encontrado los restos de mi papá en Tucumán. Ahí es donde de algún modo empieza a darme vueltas como escribir esto. Primero hago ese viaje a Tucumán para encontrarme con ese lugar en el que veo que hay un pozo de 4 metros de diámetro y casi 39 metros de profundidad, en donde se hallaron los restos de más de 100 personas desaparecidas durante la última dictadura, entre ellos los de mi viejo.
¿Cómo era ese lugar?
El lugar se llama el pozo de Vargas porque es una finca que perteneció a la familia Vargas, que colaboró con la última dictadura, es una finca grande y ese pozo de agua estaba a la vera del ferrocarril construido por los ingleses. Con el tiempo dejó de tener esa utilidad y pasó a ser un pozo más y en la dictadura se usó como uno de los tantos lugares de enterramiento clandestino. El pozo estaba cerrado, estaban trabajando los peritos y había un pequeño cubículo de rejas oxidado que hacía las veces de ascensor, en el que se descendía en este pozo. El descenso lo hice con el perito, yo quería estar en el lugar donde estuvo mi papa durante todo este tiempo en el que lo estuvimos buscando tantas décadas, esperando y buscando sin saber dónde estaba. Entonces decidí bajar con el perito y en ese descenso lo que se me vino a la mente es el descenso del Dante, pero a la vez fue una especie de reencuentro con mi viejo, fue el punto inicial de esta escritura, bajar en ese ascensor 39 metros para llegar justo al lugar donde habían estado los restos de mi papá. Es un viaje que en tiempo real durará 4 o 5 minutos pero que en tiempo narrativo es toda la novela.
¿Cuándo sentiste que estabas en el campo de la ficción?
A partir del viaje a Tucumán me pregunté, ¿cómo cuento esto?. Necesitaba escribirlo para documentarlo porque la memoria por ahí puede llegar a trastocar algunas imágenes de lo que uno vive en ese momento; entonces empecé a escribir borradores de lo que fue ese descenso y cuando quise acordar estaba metido en terreno de la ficción, rodeado de personajes que pudieron o no tener existencia real, pero que entraron al texto para decir cada uno lo que tenía que decir, para bajar conmigo en ese pozo, para estar ahí activando recuerdos, activando memorias, situaciones que tuvieron que ver con mi niñez, con mi vida, con la vida de mi viejo, con la vida de otras personas que ya no están y con los acontecimientos que tuvieron lugar durante la dictadura, que siguen hasta el día de hoy marcándonos a fuego de alguna forma, recordándonos que la dictadura terminó en 1983 pero que sus marcas siguen muy vigentes hasta el presente.
¿La búsqueda era documentar o expresar?
Las dos cosas, yo necesitaba escribir sobre lo que había vivido pero al mismo tiempo tenía la necesidad de sacar un montón de cosas que de otra forma no podían salir y salieron a través de la ficción. De golpe quien descendía no era el autor del libro sino un personaje más, tomé sin darme cuenta distancia de la persona que descendía con el perito y empecé a contar esa historia. Una historia contada en primera persona, aunque no siempre es la misma primera persona la que toma la palabra, hay voces y personajes que entran a decir lo suyo también y a contar lo que tienen que contar. Le hablan al protagonista, pero en primera persona para activar alguna memoria, algún recuerdo de mi viejo o de alguna de las personas que me rodearon o para contarme como mi viejo llegó hasta ahí.
Fotografía: Unidiversidad
¿Cómo definirías este libro?
Es un libro de viaje, de un viaje hacia abajo, es un descenso y todo descenso es incómodo por lo tanto el libro es un libro incómodo en ese sentido, no es un libro fácil, es un libro oscuro porque el pozo esta oscuro, pero del mismo modo, se permite juegos con el humor, la ironía y ciertos guiños que permiten salir de la idea de que la historia es triste, si bien la historia de la dictadura es un hecho triste y doloroso, en la narración se van entretejiendo otras historias que le dan sentido a otras cosas, a la misma supervivencia de las víctimas o a los propios sobrevivientes. Es un viaje por la memoria con la pretensión de llegar hasta un destino final que fue el destino final de mi papá. Es un libro que deja en algún sentido abierta la posibilidad de que ese viaje concluya ahí abajo o que sea un viaje hasta tocar fondo para volver a subir y volver a tomar contacto con el mundo de los vivos, con la superficie, con la luminosidad que me aguardaba en la boca del pozo, con mis hijos y mi compañera esperando mi retorno.
Ese descenso condensa mucho tiempo...
Un montón de anécdotas y recuerdos desde varias miradas posibles aparecen en el viaje hacia abajo: ahí estaba el niño que fui cuando me arrebataron a mis viejos, está el adolescente que no podía hablar de ese tema porque de eso no se hablaba, ahí también está el adulto que intenta ser un padre sin haber podido ser un hijo, un hombre al que le arrebataron también la posibilidad de ser hijo.
El dato central es el viaje por la memoria, un viaje por la memoria de que aquel horror con todo lo que nos duele y pesa cada día de nuestras vidas, más allá de que la dictadura haya terminado en 1983
Fotografía: el otro diario
¿No es una novela de historia sino de memoria?
No es un libro que se plantee contar la historia reciente, es un libro en el que los personajes habitan el brumoso terreno de la memoria y es brumoso porque en el terreno de la memoria no hay tiempos. La memoria se ejerce siempre desde el presente y permite que convivan en esa memoria, en un tiempo indefinido, personajes que corresponden a distintos momentos y a distintas situaciones, pero que en la memoria se juntan, dialogan, interactúan, se interpelan entre si. La memoria tiene que ver con los modos en los que nos podemos permitir el recuerdo. La historia está ahí documentada y podemos consultarla cuantas veces queramos, la memoria es algo presente que nos constituye y además es dinámica, va mutando. Es una novela porque trasciende lo que pudieron haber vivido esos personajes para formar parte de un mismo escenario, el terreno deja de ser un mapa para ser una trama, y en la trama está la memoria y en la memoria se erige un tiempo distinto, en donde todo esto puede suceder y mucho más. Hay ahí una distancia entre el autor y el personaje principal de la novela. Hay una búsqueda que no es nueva para mí, lo que cambia es la forma de contarlo, mediante la trama y la ficción que se distancian de la documentación, del dato, la historiografía y se acercan mucho más a la evidencia, los sentimientos, las sensaciones que cada personaje puede tener, porque son esos personajes lo que descienden con el protagonista, para ayudarlo a bajar y al mismo tiempo decirle que a veces, bajar no necesariamente significa que hay que retornar a la superficie, una de las posibilidades es quedarse allá abajo; allá abajo está el reencuentro y está el proyecto trunco de mi papá, mi mama, mi hermano y mía, de los cuatro juntos que no pudo darse. Por lo tanto hay un impulso del personaje por quedarse en ese lugar con lo que no fue.... pero al mismo tiempo está el impulso vital de que su mundo está arriba, lo esperan sus hijos, su compañera y sus afectos.... Esas voces que aparecen van sujetando al personaje principal para ver si es posible subir después de bajar.
Permitime decirte esto: Lo más dramático de la dictadura es la desaparición de los cuerpos, el volver a tomar contacto con los cuerpos aparecidos es mucho más que el contacto con un recuerdo, estaba mi viejo ahí, no el recuerdo ni lo que me contaron, estaba él ahí... hay una dualidad ahí entre los recuerdos, lo simbólico por un lado y lo tangible y real por otro
¿El reencuentro y la novela te permite darle fin a un estado para empezar otro?
Me permite metabolizar de una manera mucho más potente, que si yo hubiese escrito una simple crónica, cierta forma de arte entre la que se incluye la literatura nos permite metabolizar ciertas cosas. A mí me sirvió escribir en este registro para permitirme que salieran un montón de cosas que probablemente de otro modo no hubiesen salido. Me permite tomar contacto con una memoria que no es cómoda, es punzante, dolorosa... disruptiva. La memoria si no interpela deja de tener efecto y se transforma en la historia que quedó atrás. Esos discursos tipo ¿para que hablar de esto?... es justamente por eso que la memoria viene a decirnos que no es que queramos hablar de lo que pasó. sino de lo que nos pasa.
A mí el secuestro de mi vieja, la desaparición de mi viejo, me suceden todos los días de mi vida. Y le pasa a mis hijos. No es una cuestión que ya está, por eso es incómodo reconocer que aquello y su sombra está acá vigente. Con esto no quiero decir que no haya reparación, no quiero decir que la justicia no sea reparadora, con esto no quiero decir que no se haya logrado el enorme avance de que los genocidas no caminen en la calle con nosotros, eso es reparador, ahora todo lo otro está ahí, continua, se sigue ejecutando. No es una novela triste, de derrota, pero si punzante, el lector está invitado a una interpelación que no es sencilla de resolver: quedarse abajo o subir.
¿Qué le dirías a esa gente que dice: “esto ya paso y hay que mirar para adelante”?
Los invitaría un ratito a despertarse cada día con la sensación de que otra vez a tu mamá o tu papá o a tu hermano, se lo están llevando. Los invitaría a que vivan esa situación en el cuerpo, porque eso se siente en el cuerpo. Los invitaría a experimentar un ratito lo que sentimos, aquellos a quienes nos arrebataron la posibilidad de ser hijos. No tener a mi viejo para que me enseñe a andar en bicicleta, no tener a mi vieja para que me ayude con un problema matemático de la escuela o que te enseñen a atar los cordones. Los invitaría, no para que sufran, simplemente para que se den cuenta de que cada vez que se regatea un número o en cada planteo negacionista, el horror que vivimos hasta hoy nos vuelve a nosotros y a nosotras a victimizar, nos hace más daño donde ya hay daño, nos abre heridas. Por supuesto que respondemos desde los Organismos de Derechos Humanos por más que haya funcionarios y legisladores que avalen ese discurso. Ha pasado siempre en todos estos años de democracia, pero creo que la gran mayoría de los argentinos entiende que hubo terrorismo de estado, que acá hubo genocidio, que no fue una guerra sino un aniquilamiento y la prueba de ello son las enormes movilizaciones que se han producido cada vez que se ha intentado plantear la vuelta a esquemas de impunidad como fue el intento del 2x1. Que fue dada marcha atrás por la movilización de la sociedad. Hay un "nunca más" que viene a plantarse, no como una letra que quedó en un libro de 1986 y no se abrió más, el "nunca más" para nosotros es un pacto para poder vivir en democracia. La historia dirá que a mis padres los secuestraron una vez, pero en mi memoria eso sucede todos los días.
Treinta y Nueve Metros - Ernesto Espeche, editada por Paradiso ya está disponible en todas las librerías de Mendoza
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