Hijos apropiados en los hospitales y en casas de parto, una investigación incansable de mujeres mendocinas
Hay dolores que no envejecen. Son los surgidos de las ausencias. Esto es una de las cosas que une a las más de tres millones de personas, mujeres en su gran mayoría, que buscan a su familia biológica o a sus hijos apropiados después del parto. También las une la esperanza de que la búsqueda concluya.
En Mendoza son muchas. Decenas. Muchos de estos casos que cayeron en este lugar oscuro, fueron partos ocurridos en el ya desaparecido hospital Emilio Civit. Otros se produjeron en la casa particular de una obstetra.
En el Emilio Civit, Diario Mendoza ya contó hace unas semanas atrás el caso de Leonor Graciela Videla, que nació allí en mayo del 72, fue apropiada y hoy busca a su madre biológica.
Elsa
Elsa Margarita Irazoque, en cambio, busca a su hija nacida en el Emilio Civit el 27 de septiembre de 1974.
Ella cuenta la historia con la voz quebrada. A los 11 años tuve a mi única hija. Fue por una violación. El que me violó fue mi papá.
Es una descripción del infierno. Cuando mi padre me violó, mi madre me encontró tirada en el piso. Yo tenía un cuchillo clavado en el brazo, la marca aún la tengo. En vez de pegarle a él, se lo llevó a la cocina y cuando volvió me dio una paliza a mí, como si yo hubiera tenido la culpa. Yo tenía 10 años y ahí se me terminó la infancia.
Elsa tenía seis hermanas mayores y tres hermanos. Vivían en una casa antigua, de esas que tienen una habitación en el medio, sin ventanas. En esa habitación me encerró mi mamá en penitencia durante todo el embarazo. Me daba un caldo de perejil para que abortara, pero yo lo vomitaba cuando estaba sola.
El embarazo llegó a término y Elsa fue llevada por su madre al Emilio Civit. Era septiembre del '74 y la niña tenía 11 años.
No me acuerdo mucho. Cuando yo llegué sentía mucho dolor. Me quejaba y mi mamá me pegó una cachetada para que me callara. Me pusieron un suero y me durmieron. Cuando desperté en la cama de hospital, mi mamá me dijo que mi hija había muerto y también me lo dijo un médico. Que había muerto en el parto. A unas tres camas estaba una de mis hermanas (las hermanas de Elsa son varios años mayores y aún viven) también había tenido familia. Un varón había sido el de ella.
Algunos días después, Elsa no sabe exactamente cuántos, mi mamá me sacó de ese hospital, me llevó a casa y me dijo que tenía que olvidar todo.
Pasó el tiempo. A los 15 años Elsa conoció a quien sería su primer marido. A los 18 se casó y fue en ese momento cuando enfrenté a mi mamá para que me dijera qué había pasado con mi hija. Me dijo que tenía que olvidarme de ella y que ella había quemado todos los papeles.
Pasaron otros cuatro años. A los 22 años recibí un llamado de mi hermana más chica. Ella me dijo que había escuchado una conversación de mis otras hermanas diciendo que mi hija estaba viva y que la habían vendido. Pero me dijo: ´No digás nada, porque ya sabés como son ellas y me van a hacer a un lado´. Para mí fue una alegría muy grande.
De niña, Elsa había sido enviada a la escuela sólo dos años. Mi mamá no quiso mandarme más y aprendí a leer y escribir después, de grande.
Además dice que mis hermanas siempre negaron que fue mi padre quien me violó. Le echaban la culpa a un vecino de mi abuela por mi embarazo. ¡Pobre, era un chico bueno! Hasta hoy no quieren admitir que mi padre fue un violador. Posiblemente haya ocurrido lo mismo con ellas. Pero eso no me interesa. ¡Yo solo quiero saber dónde está mi hija!.
Elsa vive ahora en Coquimbito, Maipú. Su primer marido falleció, tres años después se volvió a casar con quien es el amor de mi vida y adora a la hija de su segundo esposo.
Como casi todas las personas que buscan sus orígenes o a sus hijos, su ADN está en todos los bancos genéticos posibles, esperando que algún cotejo dé positivo.
También, como la mayoría, ha denunciado su caso en la Justicia. No ha habido respuestas. Estos casos no son prioridad. Pero ahora tengo 60 y sigo buscándola. Quisiera decirle que estoy acá, en Mendoza, que sigo buscándola y no voy a parar hasta encontrarla mientras tenga salud y vida.
Silvia
Silvia Cabello también busca a su hija. También el parto fue en el hospital Emilio Civit.
Ahora vive en El Algarrobal, en Las Heras y tiene 69 años. Está casada y tiene tres hijos varones. Busca a su hija, que nació el 10 de julio de 1979 pero a la que nunca vio.
Cuando llegué al hospital no me llevaron a la sala común, esa que parecía un pasillo enorme y tenía 20 o 30 camas, sino que me pusieron en un cuartito chiquito, pegado a la sala de partos. Era 8 de julio y yo recién di a luz el 10, cuenta Silvia.
Aclara que ya tenía dos hijos varones y que ambos habían nacido en el mismo hospital y que su parto había sido atendido por el mismo médico que la atendía esta vez, la de la desaparición de su beba.
Mi mamá esperaba afuera y supuestamente estaba todo bien, dice. Pero la historia se diluye cuando empieza su trabajo de parto. Me durmieron y no sé qué sucedió después. Silvia dice que, a partir de ese momento, hay en su mente un bache de seis años. Lo único que le quedó de ese momento fue la medallita, con una fecha y un número, que después tenía que coincidir con la que le ponían al bebé. Pero no hubo bebé. Después me decían que mi hija había nacido chiquita y defectuosa.
Reconoce que su matrimonio no fue bueno, pese a que terminó teniendo tres hijos que la acompañan y la apoyan.
Mi último hijo nació en el '83, en la Clínica Pellegrini, y me separé en el '85. Siempre fui una mujer sometida y supone que la desaparición de su beba fue porque mi marido no quería tener nenas. Pero es sólo una hipótesis para tratar de explicar la ausencia.
También el ADN de Silvia Cabello está en los bancos genéticos, esperando.
Cecilia
El caso de Cecilia Alfonsín es uno de los más conocidos en Mendoza. Es el peso del apellido. Su padre de crianza (fui apropiada, por más que suene doloroso, dice) era primo hermano del expresidente de la Nación, Raúl Alfonsín.
Cecilia es apenas una de los bebés entregados a otras personas por la obstetra Delia Rosa Mascareño de Gómez, una mujer que atendía partos en su casa de Pellegrini 945, de Godoy Cruz, y que también trabajó en muchos hospitales públicos de Mendoza, para terminar jubilándose como jefa de Obstetricia del Hospital Saporiti, de Rivadavia.
Cecilia tiene 40 años y cuatro hijos, que van de los 7 a los 21 años. Dice que descubrir hace tres años que no era hija biológica de sus padres, la hizo pasar por todos los estados de ánimo y reconoce que tuve que pelear contra la depresión, porque tengo hijos chicos y ellos no se merecen verme así.
Todos, alguna vez, hemos imaginado que podríamos ser adoptados. Es natural que se plantee esa duda en algún momento. El nacimiento no queda registrado en nuestra memoria. Pero hay dudas con más argumentos, como la que le surgió a Cecilia a los 9 años, cuando encontró en la biblioteca de su casa un libro de tapas amarillas, que se llamaba Como criar a un hijo adoptado.
Su mamá le dio respuestas evasivas, pero que resultaron suficientes en ese momento para la niña Cecilia.
Recién en un pasado mucho más reciente, el 17 de octubre de 2020, cuando su padre ya había fallecido y aprovechando una larga y profunda charla, Cecilia volvió a preguntarle a su madre si era adoptada. Le tuvo que hacer tres veces esa pregunta, hasta que la mujer se quebró y lo contó la verdad.
Lloramos muchísimo las dos, después, recuerda Cecilia.
Y la verdad era que Cecilia había nacido el 4 de octubre de 1982 en casa de la obstetra Mascareño de Gómez y que sus padres de crianza la habían anotado después como hija propia.
Cecilia Alfonsín cuenta que fue a enfrentar a la obstetra en algún momento y que obtuvo de la mujer, ya anciana, sólo algunas respuestas difusas, entre ellas que era hija de una chica muy jovencita que estudiaba Medicina. Pero Cecilia relativiza el valor de este dato, porque la obstetra se ha pasado toda la vida falseando la realidad.
Cecilia realiza una búsqueda paciente y sin pausa de sus orígenes. Su ADN está en todos los bancos genéticos posibles y creó un grupo en las redes con el nombre Búsqueda Mendoza Obstetra Mascareño de Gómez ya que hay muchos bebés apropiados a través de esta mujer. Somos 14 o 15 ahora, pero hay muchos más que todavía no se animan a iniciar su búsqueda porque sus padres de crianza están vivos y no los quieren hacer sufrir.
Soledad
Puede ser que Soledad Barcudi haya nacido el 5 de junio de 1980. Pero también es posible que haya nacido el 6, o en abril, o después. Pero eso no es lo más grave, cuando Soledad camina por la calle pude reconocer si alguna de las mujeres que se cruza con ella y tiene más de 60 años es su madre. Es otra de los nacimientos producidos bajo la órbita de la obstetra Mascareño de Gómez.
Ahora tiene 43 años y su búsqueda comenzó cuando tenía 20 y su padre le reconoció que no sos hija biológica de tu madre. Ese padre murió hace siete años y siempre sostuvo que él si era padre de sangre de Soledad. Soy tu padre y ¡punto!, decía. Pero ella tampoco está segura que así sea.
Lo que sí logró saber es que su nacimiento tuvo alguna relación con la obstetra Mascareño de Gómez: La fui a ver, ella buscó en un libro y me dijo que ella había firmado mi partida de nacimiento, pero nada más.
Soledad se hizo el ADN y fue incorporado al banco de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), pero allí no ha habido resultados.
Se siente molesta por la falta de interés por parte de las instituciones del Estado para colaborar e impulsar estas búsquedas. Se siente indignada por el oscurantismo que tiñen esos años y esas prácticas. Todos esos niños nacidos y entregados a personas que no eran sus padres, son trata de personas, dice.
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Madres e hijas se buscan. Hay varones también, pero son muchos menos. Son casi 4 millones en el país. Hay decenas de grupos para apoyarse entre si, para colaborar, para tratar de encontrarse. A veces ocurre eso y la esperanza se renueva.