La pérdida del olfato, un sentido clave para percibir el entorno y disfrutar de los sabores, impacta de manera significativa en la vida cotidiana y la seguridad de las personas. En Mendoza, se estima que unas 400.000 personas podrían presentar algún grado de alteración olfativa, un problema que a menudo pasa desapercibido y subdiagnosticado.
El olfato funciona como un sensor del entorno: permite detectar humo, escapes de gas o alimentos en mal estado, pero también está ligado al placer, la memoria y las emociones. Su pérdida puede generar dificultades para disfrutar la comida, afectar el estado nutricional y provocar aislamiento social y cuadros de depresión. Además, compromete la seguridad doméstica y laboral al dificultar la identificación de riesgos.

La pandemia de Covid-19 volvió a poner en foco esta condición, ya que muchas personas sufrieron alteraciones olfativas transitorias que, en algunos casos, se volvieron crónicas. Más allá de los efectos emocionales y sociales, la pérdida de olfato puede interferir en la vida diaria, como no percibir aromas propios, de familiares o de alimentos, y limita la interacción sensorial con el entorno.
Entre las causas se incluyen enfermedades virales, infecciones crónicas de los senos paranasales, envejecimiento y algunas condiciones neurológicas. A pesar de su impacto, muchos pacientes no consultan, creyendo que es un proceso natural del envejecimiento o un efecto temporal de resfríos, lo que contribuye al subdiagnóstico.
Los especialistas recomiendan prestar atención a los primeros signos de alteración olfativa, realizar consultas médicas tempranas y adoptar medidas preventivas, ya que un diagnóstico oportuno puede mejorar la calidad de vida y reducir riesgos asociados a la pérdida del sentido del olfato.
En Mendoza, la concientización sobre este problema busca visibilizar una discapacidad invisible que afecta a una parte importante de la población y generar estrategias para su detección y tratamiento.
