La enfermedad del hígado graso no alcohólico, que afecta a un cuarto de los adultos en el mundo, continúa siendo uno de los principales desafíos de la medicina preventiva. Diversas investigaciones retoman el foco en nutrientes que podrían ayudar a revertir el daño hepático y complementar los cambios de estilo de vida.
Entre los compuestos más estudiados aparecen la vitamina B12 y el ácido fólico, señalados por trabajos científicos en Singapur y por publicaciones como Medicina Buenos Aires. Ambos nutrientes muestran capacidad para mejorar el metabolismo de las grasas y reducir la inflamación, un proceso clave para detener el avance de cuadros más severos.
En el plano antioxidante, la vitamina E y la vitamina C destacan por su potencial para proteger a las células del estrés oxidativo. Según Mayo Clinic, la vitamina E podría ser útil en pacientes sin diabetes tipo 2, aunque su uso requiere controles médicos debido a posibles efectos adversos.

También se observó que minerales como zinc, selenio y potasio cumplen un rol importante en la salud hepática. Estos nutrientes participan en la reparación celular, el control del daño oxidativo y el metabolismo lipídico, mientras que su déficit suele relacionarse con mayor riesgo de desarrollar hígado graso.
Además, los omega-3 presentes en pescados grasos, junto con la fibra de vegetales como el brócoli y las coles de Bruselas, ayudan a reducir triglicéridos y estabilizar glucosa y colesterol. Incluso compuestos naturales como la cúrcuma y el cardo mariano son investigados por su posible efecto antiinflamatorio.
Pese a que no existen tratamientos farmacológicos aprobados para esta condición, los especialistas remarcan que la integración de estos nutrientes debe hacerse dentro de un plan integral, acompañado por control profesional para evitar riesgos asociados a la suplementación.



