Hace 25 años, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota llegaban por primera vez al estadio Monumental para concretar uno de los hitos más emblemáticos del rock argentino. El cantito que sonaba en cada recital se volvía realidad: “Ya copamos Mar del Plata, ya copamos Santa Fe, no nos rompan las pelotas, que copamos River Plate”. El 15 y 16 de abril del 2000, River Plate fue copado por 70 mil ricoteros, que llegaron desde el Conurbano, el interior del país y el extranjero para vivir un show irrepetible.
La previa estuvo marcada por un fuerte operativo policial, con cuadras valladas y una tensión creciente que contrastaba con el clima festivo de los seguidores. Bandas enteras de amigos venían desde Tapiales, San Martín, Merlo, Laferrere, Aldo Bonzi y más. Incluso Andrés Calamaro viajó desde España solo para presenciar la misa ricotera. Sin embargo, el primer concierto fue interrumpido por incidentes en el campo: el Indio Solari, visiblemente afectado, frenó el show y lanzó una de sus frases más recordadas: “Se han cagado en 70, 80 mil personas que hay esta noche acá”. El recital continuó, pero con las luces del estadio prendidas, por orden judicial, y con la tristeza flotando en el aire.

A pesar de todo, el grupo brindó una actuación de antología. Skay Beilinson desató solos memorables, Semilla Bucciarelli y Walter Sidotti marcaron el ritmo con contundencia, Sergio Dawi desplegó su saxo salvaje y el Indio Solari canalizó la emoción de una generación. El repertorio incluyó temas del último álbum, "Último bondi a Finisterre", y joyas rescatadas como “La hija del fletero”, “Caña seca y un membrillo” y “Shopping Disco Zen”. Todo culminó con una escena que quedaría para siempre en la historia del rock: “Vamos a hacer lo que la prensa ha dado en llamar el pogo más grande del mundo”, dijo el Indio antes de lanzar “Ji ji ji”, y la frase se inmortalizó.
Hoy, a un cuarto de siglo de aquella misa en River, el eco del pogo más grande del mundo todavía resuena en la memoria colectiva. Fue mucho más que un recital: fue una declaración cultural, un grito de resistencia y una celebración de la identidad ricotera, de esas que no se borran con el tiempo. Porque los Redondos no son pasado, son una leyenda viva del rock nacional.
