Un estudio regional advierte que la combinación de crisis económica, precarización laboral y pérdida de poder adquisitivo mantiene y en algunos casos profundiza los problemas de salud mental que ya se habían detectado durante la pandemia y la pospandemia en Argentina y otros países de la región.
El relevamiento analizó a 60 familias de Argentina, Chile y Ecuador y detectó que persisten dificultades como ansiedad, depresión, aislamiento social y malestar emocional, en un contexto atravesado por condiciones laborales más inestables y mayor incertidumbre económica.

Un fenómeno que se mantiene tras la pandemia
De acuerdo con el estudio, los problemas de salud mental no solo continuaron en los años posteriores a la pandemia, sino que en algunos casos se intensificaron. En Argentina, este escenario se ve agravado por la caída del poder adquisitivo y el aumento de la precarización laboral.
En este contexto aparece el concepto de “ansiedad económica”, entendido como un malestar asociado a la incertidumbre permanente sobre los ingresos, el empleo y la capacidad de sostener el nivel de vida.
Trabajo, ingresos y desgaste emocional
El informe señala que el empeoramiento de las condiciones laborales y la necesidad de recurrir al pluriempleo para compensar ingresos insuficientes impactan directamente en la salud mental.
La ansiedad vinculada a la economía se vuelve un fenómeno extendido, asociado a la preocupación constante por llegar a fin de mes, más allá de orientaciones políticas o sectores sociales específicos.
Cambios en la vida familiar
El estudio también destaca transformaciones en la dinámica familiar durante la pandemia, como una mayor convivencia, reorganización de roles y fortalecimiento de vínculos. En muchos casos, la familia funcionó como un espacio de contención frente a la crisis.
Sin embargo, en la etapa posterior, ese rol de contención se ve tensionado por el estrés económico y las dificultades laborales.
Niños y adolescentes, entre el aislamiento y la tecnología
En el caso de los más jóvenes, se observan efectos como aislamiento social, mayor uso de pantallas, dificultades de atención y problemas de conducta. También se registran menores niveles de tolerancia a la frustración y dificultades en la reinserción escolar.
Algunas instituciones educativas incluso debieron modificar actividades por las dificultades de separación de los padres y la adaptación a entornos sociales más exigentes.
La familia como red de contención
Pese al contexto adverso, el estudio destaca que la familia sigue siendo uno de los principales mecanismos de contención emocional y económica. En muchos hogares, funciona como un “amortiguador” frente a la crisis, ayudando a sostener la estabilidad cotidiana.
Los investigadores concluyen que, en contextos de incertidumbre económica, el fortalecimiento de las redes familiares y sociales, junto con políticas públicas de salud mental, resulta clave para mejorar la capacidad de respuesta de los hogares ante nuevas crisis.
