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PROBLEMÁTICA

Aumentan más de un 50% las denuncias por violencia intrafamiliar contra niños y adolescentes

En 2025, los casos crecieron más de un 57% respecto del año anterior. Más de 5000 menores estuvieron involucrados y una proporción significativa sufrió violencia física, en un contexto que expone fallas estructurales en la detección y prevención.

matrimonio infantil 1

Los datos más recientes muestran un escenario preocupante: las denuncias por violencia intrafamiliar que afectan a niños, niñas y adolescentes registraron en 2025 un aumento superior al 57% en comparación con 2024. La cifra marca un salto significativo dentro de una tendencia que ya venía en ascenso en años previos.

Durante 2024 se habían contabilizado 9840 presentaciones por violencia doméstica, de las cuales 3182 correspondían a menores de entre 0 y 17 años. En 2025, ese universo superó los 5000 casos, alcanzando uno de los niveles más altos registrados.

El crecimiento no fue aislado. En 2023 ya se había observado un incremento, mientras que en 2024 hubo una leve baja antes del fuerte repunte de 2025.

En cuanto al perfil de las víctimas, en 2024 la distribución por género fue relativamente equilibrada, con una leve mayoría de niñas. Sin embargo, en 2025 se acentuó la diferencia, con una mayor proporción de casos que involucraron a mujeres.

Violencia
Violencia

Por edades, el grupo más afectado fue el de 6 a 10 años, seguido por los más pequeños. A medida que aumenta la edad, también crece la proporción de adolescentes mujeres entre las víctimas.

Otro dato relevante es que la mayoría de los agresores son varones y que los episodios ocurren principalmente dentro del núcleo familiar. En 2024, el 80% de los casos correspondió a vínculos parentales, con mayor incidencia de violencia ejercida por el padre.

El aumento de las denuncias también se reflejó en la cantidad de personas señaladas como responsables: mientras que en 2024 se registraron 3484 denunciados, en 2025 la cifra superó los 10.000.

En relación con los tipos de violencia, predomina la psicológica, aunque la física mantiene una presencia elevada. En 2025, alrededor de 4 de cada 10 niños afectados sufrieron agresiones físicas, lo que evidencia la gravedad de las situaciones denunciadas.

Una tendencia que no se detiene en 2026

El inicio de 2026 refuerza la preocupación. Durante el primer mes del año se realizaron más de 1000 evaluaciones de riesgo, superando los registros del mismo período anterior.

Los niños y adolescentes representaron el segundo grupo más afectado, mientras que la violencia psicológica apareció en casi todos los casos. También se detectaron niveles importantes de riesgo alto y muy alto, lo que indica situaciones que requieren intervención urgente.

Violencia silenciosa y fallas del sistema

La problemática no se limita a hechos aislados. Responde a dinámicas familiares sostenidas en el tiempo, muchas veces invisibilizadas. Cuando ocurren casos extremos, queda en evidencia que existieron señales previas que no fueron detectadas o no generaron intervención.

Entre los factores que explican estas situaciones aparecen dificultades de los adultos para regular emociones, antecedentes de violencia y modelos de crianza basados en el control. En ese contexto, los niños quedan expuestos a relaciones profundamente desiguales.

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Señales de alerta en los chicos

Existen indicadores frecuentes que pueden advertir sobre situaciones de violencia:

  • Lesiones o golpes con explicaciones poco claras
  • Cambios bruscos de conducta como aislamiento o agresividad
  • Miedo constante o estado de alerta
  • Dificultades para confiar en adultos
  • Retrocesos en el desarrollo

Muchas veces, estas señales se minimizan o se interpretan erróneamente, lo que retrasa la intervención.

Qué hacer frente a un caso

La intervención temprana es clave. Escuchar sin cuestionar, acudir a profesionales y activar redes de contención son pasos fundamentales. También resulta esencial denunciar y visibilizar estas situaciones.

El desafío de la crianza sin violencia

Especialistas coinciden en que los niños necesitan límites claros sin recurrir al maltrato. Los episodios de enojo o desborde emocional deben ser acompañados, no castigados.

El foco debe ponerse en enseñar a gestionar emociones, validar lo que sienten y construir vínculos de cuidado. La violencia, lejos de corregir conductas, profundiza el daño y perpetúa ciclos difíciles de romper.

El aumento sostenido de las denuncias refleja una realidad cada vez más visible. El desafío no solo pasa por intervenir cuando el daño ya ocurrió, sino por fortalecer los mecanismos de prevención, escucha y protección en todos los ámbitos donde transcurre la infancia.

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