Caminar de madrugada hasta que las ideas se ordenen
No se puede pensar estando quieto. Al menos, yo no puedo. Necesito levantarme, caminar, moverme. Ir y venir. Dar vueltas. Incluso ahora, mientras escribo esto, me paro cada tanto, camino unos pasos por la casa, miro por la ventana, vuelvo a sentarme y sigo escribiendo.
No es una pose ni una estrategia consciente. Es simplemente la manera en que me funciona la cabeza.
A quienes me ven, esa costumbre les resulta insoportable. Creen que vivo disperso, que nunca termino de concentrarme en nada. Tal vez tengan algo de razón. Pero es justamente en esa aparente dispersión donde encuentro lo que busco. El movimiento ordena las ideas. El paso repetido, casi mecánico, abre un espacio en la cabeza donde empiezan a acomodarse las cosas. Siempre fue así.
En las redacciones más de una vez me han puteado por eso. El periodista que se levanta de la silla cada diez minutos, que camina por el pasillo, que se queda mirando un rato por la ventana o que da vueltas alrededor del escritorio no suele generar simpatía. En un lugar donde todo funciona a contrarreloj, donde las notas deben salir rápido y las decisiones se toman en minutos, ese tipo de comportamiento puede parecer una pérdida de tiempo.
Pero para mí era al revés. Si me quedaba sentado frente a la pantalla, las palabras no aparecían. O aparecían mal. Tenía que levantarme, caminar unos pasos, dejar que la cabeza respirara. Entonces sí, de golpe, la idea se acomodaba y volvía al teclado.
Con los años descubrí algo que al principio no había advertido: muchas de las decisiones más importantes de mi vida las tomé caminando.
Las más drásticas. Las más profundas. Las que cambiaron el rumbo de las cosas.
Y no las tomé en una mesa, ni conversando con alguien, ni sentado frente a un cuaderno lleno de anotaciones. Las tomé caminando.
Caminando en la calle, en algún camino de tierra, en una ruta, en un sendero. Y casi siempre de madrugada.
La madrugada tiene algo particular. No es sólo el silencio. Es también una forma distinta del tiempo. Todo parece suspendido. Las calles están vacías, las casas oscuras, los autos desaparecen. Queda uno solo con sus pensamientos y con el ruido de los propios pasos. No hay interrupciones. Nadie llama. Nadie pregunta nada.
En ese silencio, las ideas empiezan a ordenarse. A lo largo de los años caminé de madrugada por ciudades, por montes, por rutas rodeadas de bosque, por descampados donde no se veía una sola luz. Caminé buscando algo que muchas veces ni siquiera sabía bien qué era. Una idea, una respuesta, una explicación, una decisión.
Había noches en las que salía a caminar con un problema en la cabeza y volvía horas después con una resolución tomada. O al menos con la sensación de que algo se había aclarado. No siempre era agradable.
Muchas de esas caminatas empezaban con una incomodidad difícil de explicar. Algo que no cerraba, una duda, una inquietud persistente. A veces era una decisión que se venía postergando desde hacía semanas o meses. A veces era una situación personal que había llegado a un punto en el que ya no se podía seguir igual. Entonces salía.
No hacía falta planificar nada. Simplemente abría la puerta y empezaba a caminar. Con el tiempo fui recorriendo ciudades enteras de esa manera. Calles desiertas, avenidas con semáforos que cambiaban de color para nadie, barrios donde sólo se escuchaba el ladrido lejano de algún perro. En otros momentos eran caminos rurales, rutas casi vacías, senderos que se perdían entre árboles o entre viñedos. No buscaba un destino. Caminaba.
El ritmo de los pasos tiene algo hipnótico. Después de un rato el cuerpo entra en una especie de piloto automático. Uno ya no piensa en caminar: simplemente camina. Y es en ese momento cuando la cabeza empieza a trabajar de otra manera.
Las ideas van apareciendo, una detrás de otra. Algunas se descartan enseguida. Otras se quedan un rato más. A veces una frase se repite varias veces hasta que de pronto encaja con otra cosa y forma algo parecido a una conclusión. No sé explicar exactamente cómo funciona ese proceso. Sólo sé que ocurre.
También es cierto que no todas esas caminatas terminaron en decisiones brillantes. Algunas fueron equivocadas. Otras resultaron, con el tiempo, discutibles. Pero lo importante es que fueron decisiones.
Caminando de madrugada decidí cambiar de ciudad más de una vez. Decidí dejar trabajos que hasta ese momento parecían seguros. Decidí terminar relaciones que ya no tenían futuro. Cerré etapas y empecé otras. Cada una de esas decisiones tuvo su propio costo.
Hubo momentos dolorosos. Momentos en los que lo que venía después era completamente incierto. Momentos en los que la sensación era más cercana al vacío que a la tranquilidad. Pero aun así no me arrepiento.
Porque en cada una de esas caminatas había algo claro: la sensación de que la decisión era mía. Que no la estaba tomando por presión de nadie ni por inercia. Que había llegado a ella después de darle vueltas durante horas, de discutirla conmigo mismo mientras avanzaba por calles desiertas. Quizás por eso esas caminatas siempre fueron solitarias.
No recuerdo haber tomado decisiones importantes caminando con alguien al lado. La presencia de otra persona cambia el ritmo del pensamiento. Aparece la conversación, el intercambio, la necesidad de explicar lo que uno está pensando. Y entonces el proceso ya es otro.
Las caminatas que recuerdo fueron casi siempre en silencio. Mirando el suelo, las luces lejanas o simplemente en la oscuridad. Si lo pienso ahora, con cierta distancia, también hay algo de riesgo en todo eso.
Hubo noches en las que caminé por lugares donde no era especialmente recomendable andar solo. Calles vacías en barrios complicados, rutas sin banquina, senderos donde un tropiezo podía terminar mal. En más de una ocasión podría haber pasado cualquier cosa.
Podría haber terminado apuñalado por un asaltante, atropellado por un auto que apareció de golpe en la oscuridad, desbarrancado en algún camino de montaña o simplemente congelado en una madrugada de invierno. Nada de eso ocurrió. Aquí estoy. Más o menos sano. Más o menos entero. Caminando.
La primera de esas caminatas la hice cuando tenía unos trece años. No recuerdo exactamente qué problema me había empujado a salir de casa a esa hora, pero sí recuerdo la sensación. La mezcla de inquietud y libertad. La idea de que el mundo estaba ahí afuera, silencioso, esperando.
Caminé bastante esa noche. Más de lo que un chico de esa edad suele caminar. No tomé ninguna decisión trascendental, por supuesto. Pero descubrí algo que después se repetiría muchas veces: que caminar aclaraba las cosas. Desde entonces vinieron muchas otras.
Décadas de caminatas, en distintas ciudades, en distintas etapas de la vida. Algunas largas, otras breves. Algunas llenas de pensamientos, otras simplemente vacías, con la cabeza funcionando a media máquina.
Pero todas con el mismo propósito, aunque en ese momento no lo supiera: ordenar lo que estaba pasando adentro.
Hoy, mientras escribo esto, me doy cuenta de algo curioso.
Hace bastante tiempo que no salgo a caminar de madrugada sin rumbo. Sigo caminando, claro. Me levanto, doy vueltas por la casa, camino por el patio, recorro la vereda. Pero aquellas caminatas largas, silenciosas, sin destino, parecen haber quedado atrás.
No sé exactamente por qué.
Tal vez tenga que ver con la edad. Con el cansancio acumulado de los años. Con la rutina que se va instalando de a poco. O quizás con algo más simple. Tal vez ya no tenga tantas decisiones urgentes que tomar.
Tal vez muchas de las preguntas que antes me empujaban a salir a la calle hayan encontrado, con el tiempo, alguna forma de respuesta.
No estoy seguro. Pero hay una posibilidad que a veces me gusta pensar.
Quizás dejé de salir a caminar de madrugada porque, en algún momento del camino, encontré lo que estaba buscando.
Quizás.