Cuando Palmira estuvo a un paso de estallar
En la memoria jarillera hay historias que corren como zumbidos viejos: nadie sabe bien si ocurrieron tal cual, pero todos las repiten con la misma mezcla de miedo y asombro. Una de ellas dice que, alguna vez, quisieron volar el puente ferroviario de Palmira y fusilar a quienes habían entregado a medio pueblo. Fue después de 1955, en los días en que la caída de Perón dejó al país como un campo reseco donde cualquier chispa podía incendiarlo todo.
A Guillermo Páez, viejo maquinista del ferrocarril, le escuché una vez la versión más cauta de ese rumor. Tenía más de noventa años, pero la memoria aún le chisporroteaba. Siempre se habló de eso... pero no puedo jurarlo, me dijo. En cambio, sí recordaba la estampa de los soldados apoyados contra las locomotoras, fusil ametralladora en mano, vigilando a cada maquinista como si un silbato pudiera desatar la revolución. Palmira era pieza clave: un nudo ferroviario, un taller de locomotoras que hacía funcionar media Argentina. Controlarlo era controlar el pulso del país.
Roberto Loyola (padre), que en aquel entonces era apenas un pibe de 16 años, sumó otra hebra al tapiz: Había tropas del Ejército que salieron en tren para defender a Perón... pero eran rebeldes y en San Luis volvieron leales. También había oído hablar del puente y de los explosivos, aunque prefería no poner las manos en el fuego.
El paso definitivo para desanudar el mito vino de dos hijos de protagonistas directos. Pablo Patti, que heredó de su padre Juan no sólo el apellido sino la historia, y Omar Abdo, que escuchó más de una vez a su padre Manuel revivir aquellos días. Entre ambos, con las diferencias inevitables de los recuerdos transmitidos, ayudaron a reconstruir una secuencia que hasta hoy se escondía entre silencios y recelos.
Perón ya había sido derrocado y Lonardi primero, Aramburu después, conducían la Revolución Libertadora. En Palmira, apenas asentado el nuevo poder, se confeccionó una lista negra: sindicalistas curtidos, obreros combativos, justicialistas de palabra firme. Dos vecinos la armaron. Vivían frente a la estación, pared de por medio con la Unión Ferroviaria. Uno era bioquímico y militar; el otro, un capataz de ultraderecha. Sus nombres todavía se pronuncian bajito, porque hay heridas que no conviene restregar.
La lista tuvo efecto inmediato: detenciones masivas. Se los llevaron a todos a Mendoza... mucho golpe, mucha presión para que delataran a otros, recordó Abdo hijo. Su padre salió a los pocos días, maltrecho y con la sombra de lo vivido pegada al cuerpo. Otros no tuvieron la misma suerte. Juan Patti estuvo preso cuatro años en el penal de Magdalena. En Palmira quedaban seis chicos solos, casi abandonados del mundo.
Pasó el tiempo. Se enfrió la furia del golpe, pero no el rencor. Cuando la mayoría de los presos regresó a sus casas, comenzó a gestarse un plan. No fue un impulso suelto: era parte de una trama mayor de la Resistencia Peronista. John William Cooke, en una carta a Perón, hablaba de Mendoza como un laboratorio para la organización clandestina. Había comandos activos, grupos obreros, una estructura que crecía en silencio. Palmira, por su posición estratégica, era un punto atractivo para cualquier demostración de fuerza.
El plan tenía dos frentes: volar el puente ferroviario y fusilar a los dos hombres que habían confeccionado la lista. Según el recuerdo transmitido a Abdo, la explosión serviría de cortina para ejecutar a los entregadores. Habían conseguido gelinita en cantidad y la guardaban en escondites que sólo unos pocos conocían. Mientras un grupo armaba el explosivo, otro esperaba entre los arbustos del predio ferroviario, vigilando las casas de los condenados. Todo estaba dispuesto para que aquella noche fuera un tajo en la historia jarillera.
Pero la historia tiene estas ironías: el plan, que había resistido riesgos, reuniones clandestinas y la tensión de una venganza largamente mascada, se deshizo por un gesto inesperado. Uno de los propios, uno de los que debía apretar el gatillo o resguardar la carga explosiva, se apiadó de los futuros fusilados. Les avisó. Les salvó la vida. Y ellos, con el miedo encendido como un carbón, huyeron de Palmira durante meses.
Con el objetivo principal frustrado, la voladura del puente perdió sentido. La gelinita quedó escondida como un secreto vergonzante. Patti hijo recordaba haberla visto de casualidad, años después, en un cuartito donde se metió para fumar. No sé cómo no volé la manzana, me dijo entre risas incrédulas. Después, alguien la llevó a Chapanay. Su rastro se pierde allí.
En el puente no quedó ni un rasguño. De la lista, apenas recuerdos. De la gelinita, el eco de una anécdota adolescente. Y de la historia misma, un mito que circuló en susurros hasta que algunos decidieron contarlo. Quizás no sea posible reconstruirlo del todo. Quizás falten nombres, fechas exactas, motivaciones. Pero en Palmira estuvo a punto de estallar algo más que un puente: estuvo a punto de estallar una época.
Y ese estallido -aunque nunca llegó- todavía vibra, leve, como un riel bajo el sol.