CULTURA SOCIAL

El auge de los “trabajos invisibles”: qué tareas seguimos sin valorar y por qué

Mientras se discute la igualdad laboral, millones de personas sostienen la vida con trabajo no remunerado que aún no se reconoce ni en la economía ni en la cultura.

Detrás de cada jornada laboral formal, hay otra que se desarrolla en paralelo y muchas veces pasa desapercibida: la de los trabajos invisibles. Cuidar a un adulto mayor, hacer las compras del hogar, planificar las comidas, acompañar a niños a la escuela, limpiar, ordenar, contener. Todas estas tareas -imprescindibles para la vida cotidiana- forman parte del trabajo no remunerado, un componente clave de la desigualdad laboral que afecta especialmente a las mujeres.

 

Según datos del INDEC, en Argentina las mujeres dedican el doble de horas semanales que los varones a las tareas domésticas y de cuidado, lo que limita su tiempo disponible para actividades remuneradas, de ocio o formación. Esta realidad también se repite en gran parte del mundo, y es una de las principales barreras para alcanzar una igualdad real en el ámbito laboral.

 

El problema no es solo económico. Lo que está en juego es también simbólico: ¿por qué seguimos sin considerar al trabajo doméstico como trabajo? ¿Por qué estas tareas no figuran en el PBI, ni se valorizan socialmente, ni se enseñan como competencias clave? Detrás de esta omisión hay siglos de construcción cultural que asocian estas labores al amor, a lo “natural”, o a los “instintos femeninos”, ocultando que son horas de esfuerzo, logística y dedicación sin las cuales nada funcionaría.

 

En los últimos años, sin embargo, algo empezó a cambiar. Gracias al avance del feminismo y a la visibilidad que ofrecen los medios y las redes, el concepto de trabajo no remunerado comenzó a instalarse en el centro del debate público. Películas, ensayos, y hasta plataformas digitales están ayudando a visibilizar estas tareas, y a exigir políticas públicas que las reconozcan, las compensen y las redistribuyan.

También crecen los reclamos por incluir esta dimensión en las estadísticas económicas, por generar programas de licencias equitativas y por establecer cuidados compartidos como norma y no como excepción. La pandemia, en este sentido, dejó al descubierto cuánto dependemos de estas tareas invisibles cuando todo lo demás se detiene.

 

Revalorizar el trabajo doméstico y de cuidado no significa solo pagar por él (aunque también). Significa transformar la manera en que lo entendemos: pasar de verlo como una carga individual a reconocerlo como una tarea colectiva y estructural que requiere responsabilidad del Estado, del mercado y de la comunidad.

 

Mientras tanto, el auge de los trabajos invisibles sigue marcando una brecha que urge cerrar. Porque no se trata de “ayudar” en casa, sino de repartir las cargas y reconocer, de una vez por todas, el valor de sostener la vida.