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INTERNACIONALES

Groenlandia, en el centro de la pelea global: el factor ambiental detrás del interés de Estados Unidos

El deshielo acelerado del Ártico vuelve estratégica a la isla y potencia la disputa entre potencias. La posible anexión estadounidense plantea riesgos ambientales con impacto a escala global.

GROENLANDIA

El avance de Estados Unidos en su intención de anexar Groenlandia reaviva una disputa que, aunque se presenta como geopolítica, tiene profundas implicancias ambientales y climáticas. Detrás del interés estratégico por la isla se encuentra un factor clave: el acelerado derretimiento del Ártico, que transforma a la región en un punto central para la navegación, el comercio y la seguridad global.

El cambio climático, negado públicamente por Donald Trump durante su gestión, es uno de los principales elementos que explican la creciente relevancia de Groenlandia. El retroceso del hielo marino ha abierto nuevas rutas marítimas y ha vuelto más accesible un territorio históricamente inhóspito, reforzando su valor geopolítico.

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El interés estadounidense no es nuevo. Tras la compra de Alaska a Rusia en 1867, Washington intentó adquirir Groenlandia por primera vez, sin éxito. Décadas más tarde, en 1951, en pleno contexto de la Guerra Fría, volvió a presentar una propuesta similar que también fue rechazada, aunque Estados Unidos obtuvo un rol central en la defensa del territorio. A partir de ese acuerdo, se instalaron bases militares que consolidaron la importancia estratégica de la isla.

Con el fin de la Guerra Fría, muchas de esas instalaciones fueron abandonadas. Sin embargo, el interés resurgió en 2019, cuando Trump volvió a manifestar públicamente su intención de comprar Groenlandia. Esta posibilidad genera un amplio rechazo entre la población local, que mayoritariamente se opone a una anexión.

Además del aspecto militar, el interés norteamericano se vincula con el control de rutas marítimas comerciales y la disputa por áreas de influencia en el Ártico. A esto se suma el creciente protagonismo de China, con inversiones en sectores energéticos y mineros, lo que intensifica la competencia entre potencias.

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La cuestión ambiental resulta central en este escenario. El deshielo polar avanza no solo por el aumento de la temperatura del aire, sino también por el calentamiento de las corrientes oceánicas, que absorben la mayor parte del calor generado por el cambio climático. Groenlandia alberga una de las mayores masas de hielo terrestre del planeta, y su derretimiento implica la incorporación directa de enormes volúmenes de agua dulce a los océanos.

En las últimas décadas, la pérdida de hielo se aceleró de manera drástica. De perder miles de millones de toneladas por año en los años noventa, Groenlandia pasó a registrar actualmente pérdidas cercanas a 250 mil millones de toneladas anuales, con picos durante olas de calor extremo. Este proceso contribuye al aumento del nivel del mar a escala global, incrementando el riesgo de inundaciones, erosión costera y daños por tormentas.

El impacto del deshielo no se limita al nivel del mar. La liberación masiva de agua dulce en el Atlántico Norte puede alterar las corrientes oceánicas que regulan el clima global, modificando patrones climáticos y favoreciendo eventos extremos.

En paralelo, el interés por la extracción de minerales estratégicos, como las tierras raras necesarias para la transición energética, se superpone con ecosistemas altamente frágiles. La expansión de actividades extractivas en un territorio ya vulnerable podría profundizar la degradación ambiental y generar consecuencias de alcance regional y global.

Existen antecedentes de explotaciones mineras que dejaron contaminación y daños ambientales, lo que refuerza la necesidad de estudios de impacto rigurosos, procesos de consulta y políticas que prioricen la conservación de la biodiversidad. Groenlandia cumple funciones ecológicas clave para la regulación del clima del planeta, y cualquier intervención sin resguardos adecuados podría provocar efectos irreversibles.

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