Aunque hoy es el emblema central del cristianismo, la cruz fue durante siglos evitada por los primeros seguidores de Jesús. En los inicios, los cristianos no la usaban como símbolo, ya que representaba humillación, tortura y muerte: era la forma en que los romanos castigaban a los enemigos del Estado. Por eso, en las primeras comunidades, se prefería el pez como signo secreto de fe.
El cambio comenzó en el siglo IV, cuando el emperador Constantino tuvo una visión de la cruz antes de una batalla decisiva. Desde entonces, impulsó su uso como símbolo cristiano. También ayudó la abolición de la crucifixión como pena capital.

Con el tiempo, la cruz fue ganando lugar en la iconografía religiosa. Primero apareció de forma decorativa y luego con la imagen de Cristo crucificado. En la Edad Media, estas representaciones se volvieron más dramáticas, cargadas de sangre y sufrimiento.

Así, lo que fue un símbolo de castigo, se convirtió en un emblema de redención, esperanza y fe para millones en todo el mundo.
