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SOLIDARIDAD

La historia de dos policías mendocinos que cocinan y abrigan a personas en situación de calle

Durante sus días francos, Lourdes Villar y Rodrigo Vizcaya recorren las calles de San Rafael con viandas calientes, chocolate, frazadas y palabras de aliento.

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La ola polar no solo trajo escarcha a los techos y hielo en las veredas de San Rafael, Mendoza. También dejó al descubierto una realidad que suele permanecer a la sombra: la de quienes atraviesan el invierno sin techo, sin abrigo y, muchas veces, sin compañía.

En ese contexto, cuando las temperaturas bajaban y el calor humano parecía escasear, una pareja de jóvenes policías de la Comisaría 32 decidió que preocuparse no era suficiente. Que la vocación podía -y debía- ir más allá del uniforme. Y que ayudar, incluso desde lo mínimo, era una forma de estar presentes.

Cuando la vocación no termina en la comisaría

Lourdes Villar y Rodrigo Vizcaya son pareja, son policías y son padres. El gesto que hoy moviliza a muchos empezó una noche, mientras cenaban con su hijo Benjamín, de ocho años. Afuera nevaba. Adentro, el plato caliente y el resguardo encendieron una pregunta: ¿y si hacemos algo por los que no tienen esto?

Lo que siguió fue una cadena de pequeños actos que, juntos, se transformaron en una gran acción: organizaron una colecta de alimentos no perecederos, cocinaron guisos, cargaron termos con chocolate caliente y salieron a repartir viandas y abrigo a quienes duermen en la calle. Sin banderas. Sin cámaras. Sin esperar nada a cambio.

“No lo hacemos en nombre de la policía”, aclara Rodrigo. “Esto es personal. Lo hacemos como ciudadanos, como personas”.

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El valor de una red que se construye desde abajo

La comunidad respondió con generosidad. A las primeras ollas se sumaron frazadas, colchones, abrigos, utensilios, tiempo. Las viandas pasaron de unas pocas a cincuenta por día. Los puntos de entrega se expandieron. La desconfianza inicial de algunas personas en situación de calle dio paso al reconocimiento, al saludo, a la espera. Ahora los esperan. Porque saben que hay alguien que piensa en ellos.

“Nos dimos cuenta de que no es solo el plato lo que se entrega”, dice Lourdes. “Muchas veces es la palabra, el gesto, el saber que hay alguien que te ve, que te reconoce, que te trata con respeto”.

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La idea, asegura ella, es simple: ser empáticos no es repetir una consigna. Es actuar. “Ese valor esencial del ser humano, si no se practica, se muere”, dice. “Por eso queríamos contagiarlo”.

Cocinar, repartir, acompañar

Durante sus días francos, Lourdes y Rodrigo se levantan temprano, cocinan en su casa y organizan el reparto. El resto del tiempo trabajan como cualquier efectivo, cumpliendo con su servicio en la comisaría. En los ratos libres, responden mensajes, coordinan entregas y reciben donaciones. “No siempre se puede hacer todo, a veces el trabajo o la vida personal nos condiciona, pero cuando podemos, salimos”, explican.

Lo que empezó como una idea doméstica se convirtió en un acto colectivo. Un movimiento pequeño pero concreto, sin estructura, sin financiamiento, sin campaña. Solo voluntad, tiempo y ganas.

Una sociedad que puede inspirarse en sus jóvenes

Hay algo poderoso en esta historia. No es grandilocuente. No cambia el mundo en un día. Pero recuerda que se puede empezar por algo. Que se puede mirar al costado. Que hay jóvenes con vocación, con valores, con capacidad de liderar desde el ejemplo.

“Hay mucha gente que quiere ayudar, pero no sabe cómo”, dice Rodrigo. “Por eso hicimos esta colecta: para mostrar que se puede”, agrega.

Y se pudo. Con una olla, con unas frazadas, con una charla en la vereda. Hoy, los dos policías no solo abrigan cuerpos. También siembran algo que puede crecer: el deseo de involucrarse, de comprometerse, de actuar.

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