HISTORIAS DE ACÁ

La trenza de Marta

Durante treinta años, Marta vivió lejos de su pueblo gitano, en una casa perdida entre las montañas. Su trenza fue el único lazo que nunca se rompió.

La trenza de Marta nacía en la coronilla, gruesa como un brazo, y le caía hasta debajo de las nalgas.
—Es tan larga como mi matrimonio —decía.

Treinta años antes su padre le había rapado la cabeza cuando supo que Marta se casaría con un hombre que no era gitano. Desde entonces llevaba tres décadas de destierro: diez hermanos a los que casi no conocía, una madre que la llamaba en secreto de vez en cuando para hablar en romaní y una trenza larguísima, ya entrecana.

Tampoco tenía hijos, pero sí a Galucho, su marido.
—Él me raptó —decía riendo, porque sabía que no existen los raptos voluntarios y también porque Galucho era incapaz de algo así, aunque fuera veinte años mayor que ella y no tuviera una gota de sangre gitana.

Había tenido que dejar el mar y a su tribu para irse a vivir a las montañas, y nunca supo qué era lo que más extrañaba. También había abandonado su ropa gitana y, con el tiempo, su cuerpo esbelto.
—La rebeldía engorda —decía otra vez, riéndose, mientras cubría sus nuevas redondeces con ropa oscura y holgada.

Los lugareños, que vivían dispersos en la ladera, nunca aceptaron a Marta. Al principio le tenían miedo; después empezaron a burlarse. La pareja terminó viviendo casi aislada, salvo por el contacto inevitable cuando bajaban a comprar comestibles a la tienda.

Un hombre apagado y pesimista

Galucho se fue volviendo un hombre apagado y pesimista. Marta, en cambio, siempre bromeaba, reía a carcajadas y cantaba en romaní a todo pulmón para que la escuchara quien quisiera. Su voz rebotaba en los cerros y se repetía diez veces en los anocheceres sin viento.

Vivieron así mucho tiempo, casi recluidos, pero tranquilos gracias a la pensión de él y a la energía de ella, mientras los desconfiados imaginaban en Marta despliegues de brujería, de esos que los necios atribuyen a las gitanas.

Un día Galucho murió. El corazón le tendió una trampa. Marta dijo que fue por la amargura.

Mientras lo velaba, sola junto al cajón, desarmó su trenza. El cabello la cubrió casi por completo.
Luego la cortó con una tijera plateada y cubrió a su marido con el cabello.

Después de eso no la vieron más. Solo quedó su casa en la ladera, abandonada.

Algunos dicen que Marta volvió al mar.
Otros juran que, en las noches sin viento, todavía se escucha su voz cantando en romaní entre los cerros.