Las increíbles historias y leyendas del Indio en San Martín
Ahora que murió el Indio Solari, me acordé de las gomitas.
No sé si alguna vez comió gomitas en San Martín. Lo más probable es que no. Pero durante aquellos días de septiembre de 2013 alguien aseguró que sí. Según la historia, el Indio había bajado de un auto en una estación de servicio, había comprado cinco pesos de gomitas en un minimarket y se había sacado una foto con un empleado llamado Adrián. Era una buena historia. Tenía detalles, nombres y hasta una foto.
También era completamente falsa.
Busqué al supuesto Adrián. Cuando finalmente apareció, confesó entre risas y disculpas que la imagen era un montaje hecho en Photoshop. Un amigo lo había convencido de publicarla en Facebook y durante unas horas medio San Martín creyó que el músico más buscado de la Argentina había estado allí, masticando caramelos como cualquier vecino.
La anécdota era mentira, pero describía perfectamente el clima de aquellos días.
Desde que se anunció que el Indio tocaría en el autódromo Jorge Ángel Pena, la ciudad empezó a fabricar relatos a una velocidad asombrosa.
La ciudad donde todos vieron al Indio
Recuerdo una de las primeras versiones. El mismo día del anuncio oficial alguien aseguró que Solari había estado presente en la conferencia de prensa. No sobre el escenario ni sentado junto a las autoridades. Mezclado entre periodistas, fotógrafos y empleados municipales. Disfrazado. Observándolo todo detrás de unos lentes oscuros.
La noticia corrió por San Martín como corren las noticias imposibles: demasiado rápido. Durante horas cualquier hombre pelado fue sospechoso de ser el Indio. Si además llevaba anteojos, las probabilidades aumentaban considerablemente.
Después llegaron las demás historias.
El Indio aterrizaba en Mendoza casi todos los días. Llegaba en helicóptero, en micro, en automóvil y hasta en colectivo. Se alojaba simultáneamente en varios hoteles. Caminaba entre los campamentos sin ser reconocido. Compartía un fernet con desconocidos. Probaba sonido y no probaba sonido. Entraba y salía de la provincia con una facilidad que habría puesto celoso a cualquier agente de migraciones.
Cuanto menos aparecía, más presente estaba.
Era curioso. La persona más buscada del país estaba a pocos kilómetros de nosotros, pero nadie sabía dónde. Y tal vez ahí radicaba parte del fenómeno.
Con los años entendí que el Indio no era solamente un músico. Era una máquina de producir relatos. No porque él los inventara. Al contrario. Su mérito consistía en permanecer oculto mientras los demás hacían el trabajo.
Los periodistas, los fanáticos, los curiosos y hasta los vecinos que no conocían una sola canción contribuían a la construcción de la leyenda.
El Indio guardaba silencio. Los demás hablábamos por él.
La República Ricotera
Mientras tanto, el Parque Agnesi comenzaba a llenarse.
Primero llegaron unas pocas carpas. Después decenas. Luego cientos. Finalmente parecía que una ciudad paralela hubiera brotado sobre el césped.
Aquel miércoles todavía se podía caminar tranquilo entre los campamentistas. Algunos jugaban al fútbol. Otros compartían vino en caja desde la mañana. Muchos habían llegado desde provincias lejanas y disponían de varios días para esperar un recital que duraría apenas unas horas.
Lo llamativo era que no parecían apurados. No estaban allí solamente para escuchar música. Habían ido a habitar, aunque fuera por un fin de semana, una especie de república ricotera.
Recuerdo a un muchacho que se balanceaba como un péndulo mientras sostenía un tetra casi vacío.
—Soy de Guaymallén, loco. Vengo a hacerles el aguante a estos que vienen de lejos.
Era miércoles. Lo encontré nuevamente el sábado. Milagrosamente seguía de pie. Había convertido la continuidad de la borrachera en una forma de ahorro. No necesitaba empezar de nuevo cada día.
La mayoría de los visitantes no encajaba en ninguna de las caricaturas que se hacían sobre ellos. No eran la horda salvaje que algunos anunciaban. Tampoco los peregrinos místicos que describían otros. Eran miles de personas muy distintas que compartían una misma contraseña cultural.
Había adolescentes y jubilados. Obreros y profesionales. Hinchas de todos los clubes. Mendocinos, tucumanos, santiagueños y bonaerenses. Una vez que desplegaban una bandera ricotera, las diferencias parecían perder importancia. Durante unos días todos pasaban a formar parte de la misma tribu.
La ciudad también empezó a adaptarse a esa invasión pacífica.
Los baños químicos se transformaron en un bien estratégico. Las duchas, en un lujo. Y cualquier vecino que tuviera una casa cerca del parque descubrió que poseía un recurso económico inesperado.
Por diez pesos se podía resolver una urgencia menor. Por veinte, una mayor. Los más optimistas aseguraban que por cuarenta existía la posibilidad de una ducha o, al menos, de una negociación para parecer limpio.
Las colas frente a los sanitarios eran eternas.
—Che, loco, ¿hay ducha ahí adentro? ¿Por qué tardan tanto?
Las necesidades fisiológicas se convirtieron en un tema central de conversación durante aquellos días.
Un baterista sanmartiniano, que años antes había tocado junto a Willy Crook, me contó una escena que resumía bastante bien el espíritu de la multitud.
Vio a un muchacho haciendo pis en la acequia frente a su casa.
—Hola. Va a llover dentro de dos horas.
El visitante interpretó mal el comentario.
—¿Te calentaste porque te meé la fosa?
—Acequia —lo corrigió el músico—. Acá se llama acequia.
Y le deseó suerte.
No hubo mucho más que discutir.
Frío, lluvia y ciento cincuenta mil personas
A medida que se acercaba el recital, el frío empezó a convertirse en el enemigo común.
Años después sigo recordando esa llovizna helada que parecía llegar horizontalmente desde el sur. San Martín se transformó en una gigantesca cámara frigorífica habitada por ciento cincuenta mil personas.
Algunos intentaban combatir la temperatura con vino. Otros con fernet. Otros con optimismo. No siempre funcionaba.
—Mendoza, tierra del sol y del buen vino. El vino está bárbaro, pero el sol se lo metieron en el bolsillo.
Otro analizaba un problema diferente.
—Boludo, tengo tanto frío que no puedo ni mear.
Su amigo respondió con serenidad:
—Relajate, loco. Ya te va a salir.
Nadie parecía especialmente preocupado por la dignidad.
Quizás porque la dignidad resulta un concepto secundario cuando uno lleva tres días durmiendo en una carpa y la temperatura se acerca peligrosamente a los límites de la tolerancia humana.
Lo curioso era que, a pesar de la multitud, las tensiones parecían diluirse. Había alcohol. Había cansancio. Había largas esperas. Había frío. Sin embargo, predominaba una especie de camaradería improvisada. Todos estaban allí por la misma razón. Y todos sabían que los demás también.
Cuando finalmente llegó el sábado por la noche, ocurrió algo que contradijo muchos pronósticos. Se suponía que las puertas del autódromo iban a convertirse en un caos desde temprano. No fue así.
Hasta último momento miles de personas siguieron recorriendo el parque, compartiendo bebidas, escuchando música o simplemente conversando. El recital era importante. Pero la previa también formaba parte del espectáculo. Recién cuando llegó la hora comenzaron a avanzar hacia el autódromo. La fila parecía interminable. Y, como toda fila argentina que se respete, produjo situaciones memorables.
—¡Permiso, permiso, que a mi novia le dio un ataque de pánico!
—Entonces sacala para atrás, ¿para qué vas para adelante?
Después apareció otro personaje.
—¡Cuidado con la embarazada! ¡Cuidado con la embarazada!
Detrás avanzaba un hombre enorme, completamente borracho, que difícilmente pudiera confundirse con una mujer a punto de dar a luz.
La creatividad tampoco descansaba.
—¡Déjennos pasar primero a los falopeados! Después mujeres y niños.
—¡Tengo el micrófono del Indio!
Las excusas cambiaban. La intención era siempre la misma. Ganar algunos metros. A esas alturas ya resultaba evidente que el recital era mucho más que un recital. Era una experiencia colectiva. Una gigantesca reunión de desconocidos que durante unas horas se comportaban como si se conocieran desde siempre.
El hombre y el mito
Y entonces apareció.
No recuerdo exactamente la primera canción. Tampoco recuerdo el orden del repertorio. Lo que sí recuerdo es el frío. Recuerdo la llovizna. Recuerdo la nevizca.
Recuerdo la sensación de estar parado en medio de una multitud interminable mirando hacia un escenario que parecía lejano incluso para quienes estaban relativamente cerca.
A las 21.50, bajo una lluvia fina que se clavaba como agujas, el Indio salió finalmente a escena. Después de semanas de rumores, apariciones imaginarias y versiones contradictorias, ahí estaba. Era él. No un doble. No un imitador. No un pelado cualquiera reclutado en San Martín para engañar a ciento cincuenta mil personas.
Carlos Alberto Solari había aparecido por fin. Y, sin embargo, siguió siendo un misterio.
Habló poco. Cantó mucho. Apenas hizo alguna referencia al frío insoportable que castigaba tanto al público como a los músicos.
Durante más de dos horas la multitud soportó el agua, el viento y la baja temperatura con una resistencia que hoy todavía me resulta difícil de explicar.
Abajo seguía desarrollándose otra historia. La historia paralela. La que nunca figuró en las listas de canciones. En el pogo desaparecían zapatillas que jamás volverían a encontrar a sus dueños.
—Mi mamá me va a matar —lamentaba un muchacho que había quedado descalzo.
A pocos metros, otro enfrentaba una tragedia distinta.
—Mi abuela me va a ejecutar. Perdí a mi sobrino.
—Pero si tu sobrino tiene cuarenta años.
—Igual. Le prometí que lo iba a cuidar.
Con ciento cincuenta mil personas reunidas en un mismo lugar, cualquier cosa podía pasar.
Y pasaron muchas. Hubo heridos. Hubo detenidos. Hubo intoxicados. Hubo personas que terminaron dormidas sobre el pasto. Y hubo una mujer que comenzó el trabajo de parto durante aquella jornada y terminó dando a luz a una niña llamada Zafiro.
Todo eso ocurrió mientras el Indio cantaba.
Con los años terminé creyendo que de todo lo que ocurrió en San Martín aquel fin de semana, el Indio fue responsable de apenas una parte. Puso las canciones, la voz y su figura esquiva. Todo lo demás —los campamentos, las historias, los encuentros, las exageraciones, los rumores y hasta algunas de las locuras— fue obra de la multitud.
El fenómeno se alimentaba solo.
Cada uno había vivido una noche distinta. Cada uno regresó a su provincia con un relato diferente. Y todos esos relatos, juntos, terminaron construyendo algo más grande que el espectáculo mismo.
Por eso nunca me convencieron demasiado las explicaciones grandilocuentes.
Escuché decir que el Indio era un líder espiritual. Que ejercía una influencia política extraordinaria. Que pertenecía a una logia masónica. Que había descubierto una fórmula secreta para convocar multitudes.
Tal vez.
O tal vez la explicación sea mucho más sencilla.
Tal vez entendió algo que muy pocos artistas comprenden.
Que a veces el silencio genera más fascinación que cualquier discurso. Que la ausencia puede resultar más poderosa que la presencia. Y que una multitud necesita participar de una leyenda para mantenerla viva.
Durante aquellos días de septiembre de 2013, San Martín se convirtió en una fábrica de leyendas.
Algunas eran ciertas. La mayoría no. Pero eso nunca importó demasiado.
Porque el Indio real convivía con otro Indio, uno imaginario, construido entre rumores, exageraciones y anécdotas repetidas alrededor de fogones, en colectivos de regreso y en sobremesas que todavía continúan.
Ahora que murió, volverán a contarse muchas de esas historias. Algunas crecerán un poco más. Otras cambiarán detalles.
Quizás alguien vuelva a jurar que lo vio caminar entre las carpas del Parque Agnesi. Que compartió un fernet con él. Que se hospedó en tal hotel. Que estuvo sentado en una plaza observándolo todo detrás de unos lentes oscuros.
Y seguramente aparecerá alguien que asegure haberlo visto comprando gomitas en una estación de servicio de San Martín.
Yo no sé si eso ocurrió. Nunca pude comprobarlo. Pero después de todo lo que vi aquellos días, tampoco me animaría a descartarlo por completo.
Porque las leyendas funcionan así.
Y porque, mientras nosotros seguimos hablando de él, imaginándolo y agrandando sus historias, me gusta pensar que Carlos Alberto Solari permanece ajeno a todo.
Como durante toda su vida. Lejos de los periodistas. Lejos de los rumores. Lejos de las explicaciones.
Simplemente comiendo gomitas.