Situaciones de tensión como una entrevista laboral, un examen o una espera médica suelen desencadenar comportamientos automáticos. Uno de los más comunes —y subestimados— es morderse las uñas, una acción aparentemente inofensiva que puede derivar en consecuencias físicas y psicológicas importantes.
Conocido médicamente como onicofagia, este hábito no solo afecta la estética de las manos, sino que también compromete la salud bucal, la piel y el equilibrio emocional.
¿Por qué es perjudicial morderse las uñas?
Aunque muchas personas lo hacen desde la infancia y lo mantienen en la adultez, los especialistas advierten que la onicofagia prolongada puede dañar varios sistemas del cuerpo.
Problemas dentales frecuentes:
Desgaste del esmalte: la fricción constante genera microtraumatismos que afectan especialmente a los dientes frontales (incisivos).
Apiñamiento dental: morderse las uñas puede ejercer presión anormal sobre la dentadura, alterando su alineación.
Riesgo de fracturas: los dientes se vuelven más vulnerables a daños estructurales.
Trastornos mandibulares:
El movimiento repetitivo y forzado de la mandíbula puede derivar en dolores articulares o problemas en la articulación temporomandibular, provocando chasquidos, molestias al masticar o dolores de cabeza.
Uñas y piel también sufren
Además del impacto bucal, las uñas sufren consecuencias visibles:
Deformaciones y crecimiento irregular.
Separación de la uña del lecho ungueal, lo que puede generar dolor e infecciones.
Irritación o heridas en la piel circundante, facilitando el ingreso de bacterias.
Estas lesiones, muchas veces invisibles al principio, pueden agravarse si se sostienen en el tiempo.
Una señal de estrés que no debe ignorarse
Más allá del daño físico, la onicofagia está directamente vinculada a niveles altos de ansiedad, estrés o nerviosismo crónico. En muchos casos, se trata de una conducta compulsiva que necesita ser abordada como parte de un tratamiento integral de salud mental.
“Morderse las uñas no es solo una costumbre: puede ser la expresión de un conflicto emocional interno”, advierten desde la Sociedad Argentina de Psicología.
¿Cómo dejar de hacerlo?
Abandonar el hábito requiere paciencia, autoconocimiento y, en algunos casos, apoyo profesional. Algunas recomendaciones incluyen:
Identificar los disparadores emocionales o situaciones que lo provocan.
Mantener las uñas cortas y cuidadas para reducir la tentación.
Usar productos amargos o esmaltes especiales que desincentiven el contacto con la boca.
Practicar técnicas de relajación, respiración o mindfulness.
Consultar a un odontólogo o terapeuta si el hábito persiste o genera malestar.
