Quejarse es una forma de expresar malestar, pero cuando se convierte en una costumbre, puede tener efectos profundos en la vida de quien lo practica y en quienes lo rodean. El psicólogo Xavier Molina señala que algunas personas utilizan la queja como una manera de evitar asumir responsabilidades, cayendo en una dinámica de victimismo crónico. Desde esta perspectiva, los problemas siempre son responsabilidad de factores externos, lo que dificulta la autocrítica y frena el desarrollo personal.
Más allá del plano emocional, la queja constante también impacta a nivel cerebral: repetirse en pensamientos negativos refuerza patrones perjudiciales que afectan el bienestar general. En las relaciones interpersonales, esta actitud puede generar tensiones, erosionar la confianza y desgastar los vínculos más cercanos.

Modificar este patrón es posible, aunque implica un trabajo consciente. Reconocer la tendencia a quejarse, buscar acompañamiento profesional a través de terapias como la cognitivo-conductual y apoyarse en entornos que fomenten una mirada más proactiva son estrategias clave. Adoptar una actitud más positiva no solo transforma las relaciones, sino que también mejora significativamente la calidad de vida.
