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Por qué el ayuno gana protagonismo en los estudios sobre longevidad

Expertos explican cómo el ayuno intermitente favorece la reparación celular, protege el cerebro y disminuye el riesgo de enfermedades crónicas.

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Cada vez más investigaciones en el campo de la longevidad coinciden en un punto central: el ayuno, practicado de manera controlada, puede convertirse en una herramienta poderosa para extender la calidad de vida. Lejos de tratarse solo de una moda, los especialistas destacan que la restricción alimentaria activa procesos biológicos esenciales para el mantenimiento y la reparación del organismo.

Uno de los mecanismos más relevantes es la autofagia, un proceso natural mediante el cual las células eliminan y reciclan componentes dañados cuando disminuye la disponibilidad de nutrientes. Esta “limpieza interna” favorece la renovación celular, mejora la función de los tejidos y contribuye a retrasar el envejecimiento de órganos y sistemas.

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Además, el ayuno intermitente mejora la sensibilidad a la insulina, ya que reduce los picos constantes de glucosa asociados a una alimentación frecuente. Esta regulación metabólica permite un uso más eficiente de la energía y disminuye el riesgo de enfermedades crónicas vinculadas al envejecimiento, como la diabetes tipo 2, el síndrome metabólico y los problemas cardiovasculares.

Otro beneficio destacado es la reducción del estrés oxidativo y la inflamación crónica, dos factores que aceleran el deterioro celular. Durante el ayuno, el cuerpo cambia su fuente principal de energía hacia las cetonas, un combustible que genera menos radicales libres. De esta manera, se reduce el daño molecular acumulado y se preserva mejor el funcionamiento de los sistemas biológicos a largo plazo.

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Los expertos también subrayan el impacto del ayuno en vías celulares clave para la longevidad, como la inhibición de mTOR y la activación de las sirtuinas, procesos que favorecen la reparación del ADN y la protección celular. Este redireccionamiento de recursos energéticos fortalece los mecanismos de supervivencia del organismo y actúa como una barrera frente a enfermedades degenerativas.

El cerebro también se beneficia: el ayuno estimula la producción de BDNF, una proteína fundamental para la neurogénesis y la salud cognitiva. Esto ayuda a preservar la memoria, la plasticidad neuronal y la claridad mental, reduciendo el riesgo de trastornos neurodegenerativos asociados al envejecimiento.

Por último, mantener períodos de ayuno contribuye a un peso saludable y a la reducción de la grasa visceral, uno de los principales factores de riesgo para enfermedades cardíacas, hipertensión y muerte prematura. Al aliviar la carga metabólica y prevenir comorbilidades, el ayuno se consolida como una estrategia integral que no solo mejora el rendimiento físico y mental, sino que apunta a extender la vida con mayor bienestar.

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