La estética grunge, nacida en los años 80 junto al renacer del rock en Seattle, alcanzó su punto álgido en los 90, evolucionando de un movimiento contracultural a un fenómeno de moda. Antes de imponerse como tendencia, el grunge era una manifestación de resistencia y autenticidad, impulsada por bandas que fusionaban metal y punk para crear un sonido crudo y distorsionado.

En sus inicios, nombres como Soundgarden, Pearl Jam y Alice in Chains definieron este estilo desenfadado y áspero. Pero Nirvana, con su icónico álbum Nevermind y la voz desgarradora de Kurt Cobain, se convirtió en el rostro de esta era. Cobain, con sus jeans rotos y cárdigans desgastados, y su esposa Courtney Love, con vestidos lenceros y medias rasgadas, no solo marcaron un estilo sino también una actitud: la indiferencia por el glamour tradicional y el rechazo a las normas de moda convencionales.

El estilo grunge, alimentado por el clima sombrío de Seattle, valoraba la comodidad de las prendas sueltas y los materiales suaves. Aunque inspirado en subculturas previas, el grunge no buscaba imponer una declaración de estilo sino reflejar autenticidad. Esta estética se nutría de tiendas de segunda mano y prendas de trabajo, combinando remeras de bandas, camisaa de cuadros y jeans holgados.

Con el tiempo, el grunge ha evolucionado, abrazando distintas variantes como el glam grunge o el indie-sleaze, y sigue influyendo en la moda actual, especialmente entre la Generación Z. Hoy, el grunge ha cobrado un aire romántico y melancólico, reflejado en prendas de telas como el terciopelo y los encajes, con tonos naturales que evocan una conexión con la naturaleza.



