HISTORIAS DE POR ACÁ

Recuerdos del lago y de sus ausencias

Hay paisajes que están ligados a la vida de cada uno y que condicionan la vida. Cada cual tiene su propio paisaje que, en cierta forma, quizás siempre sea el mismo.

Ya no soy lo que fui, por eso debo contarlo en pasado. Por ejemplo: La costa Este era la de los vientos, de las piedras, de la civilización. Pero no es cierto. El “era” no es verdad. Porque la costa Este sigue siendo la del viento enfurecido, la de las piedras y las personas. La única diferencia es que ese que fui ya no está allí.

De esa costa recuerdo el lago siempre encrespado; la estación de trenes, donde los hombres llegaban desorientados y se iban derrotados; la plaza donde conocí el desengaño; el último paisaje antes de partir para siempre.

Más acá, en el vértice con el sur, estaba la playa donde descubrí el sexo. No era mejor que la otra playa. Seguía estando el viento intenso y las piedras, pero la gente ya no estaba y, en cambio, había reina moras que se enredaban entre los sauces, juncos, pataguas y el musgo espeso y húmedo.

Después sí, la larga costa del sur, que eran muchas costas. Las primeras eran de enormes piedras negras y de riscos amenazantes. Luego estaban aquellas en donde el bosque peleaba con el agua y establecían un límite difuso y cambiante, de acuerdo a la creciente según la época del año. En deshielo el lago se trepaba a los troncos y en otoño las raíces aparecían blancas y devoraban la playa. Más allá las playas suaves, las protegidas del viento por la península. La de las tardes de enero y también las de marzo; las del silencio total; la de los pies metiéndose en la greda blanca que parecía besarlos con pasión; también esa playa al fondo del barranco donde conocí la muerte y la ignoré.

Luego, estaban las costas del Oeste. Algunas antes y otras después, pero estaban allí, dándoles sentido a todo. Estaba esa donde pasé tantas noches, muchas despierto y otras desvelado, mirando la luna que explotaba desde el Este y se abalanzaba hacia mí. O aquella otra, más allá, que nadie conocía salvo mi madre y yo. Quizás por eso se murió allí, para no irse nunca. Y también la costa gris, la de las montañas que devoraban el sol, las que explotaban rojas al final del día. Aquella costa donde nacía el viento que después correría como por un callejón por el lago para llegar a la costa Este y expulsar a todos.

Y también la costa Norte, aunque solo servía para que el sol y la luna rodaran de punta a punta, acá saltando y allá hundiéndose. Y para imaginar que, atrás de la costa del Norte y del cordón de montañas que la contenía, había un mundo templado, relajado, en donde las personas no necesitaban caminar enroscadas por el viento y el frío.

Pero lo importante, lo trascendental, lo que me dejó estas marcas profundas que todavía hoy me atraviesan, no sucedió allí. No ocurrió en las playas, entre las rocas, entre las raíces de los primeros árboles del bosque, en los filos de los riscos más altos. Lo importante ocurrió adentro, entre las márgenes, entre los bordes. Lo inolvidable, lo bello, lo aterrador, lo brutal, lo perfecto, sucedió entre las olas y debajo de ellas, en lo profundo. Desde allí, con ese aroma intenso y único a algas, con ese azul asfixiante de la ausencia de todo, el pasado me observa fijo. Y yo lucho con todas mis fuerzas para poder sostenerle la mirada.

Re