HISTORIAS DE POR ACÁ

El día en que mamá dejó de envejecer

Si hay algo bueno en el final del tiempo, en que todo queda igual, inmutable, perfecto.

Mamá nunca envejeció. Siempre estuvo como ahora, perfecta en sus treinta, siempre sonriente, con todos sus dientes blancos, con su pelo tupido, sin canas y ensortijado. Siempre linda. Siempre feliz. Debe ser un milagro, una brujería o las dos cosas. Quizás sean lo mismo.

Creo que su inquebrantable aspecto se definió un día de otoño, más bien una tarde. De la neblina de la memoria solo puedo rescatar dos cosas: Había pasado la Pascua y yo tenía cinco años. Lo demás es una construcción para justificar una idea.

Mamá estaba sentada en el patio delantero de la casa y yo junto a ella. Había una bruma persistente desde hacía varios días, típica del otoño en ese lugar. No hacía frío. Esas mismas nubes bajas impedían que las temperaturas de la madrugada congelaran todo.

No corría viento. Nada. Mamá tejía. Yo comía lo que quedaba del chocolate de la Pascua e inventaba amigos para jugar. Fue unos días después de que aparecieran los soldados.

Porque, unos días antes, había sucedido algo novedoso en ese lugar dónde vivíamos, alejado de todo y con vecinos dispersos que solo se veían si se buscaban. Y estaban las ruinas de un hotel abandonado.

En realidad, jamás había llegado a ser un hotel. Apenas una estructura de columnas, lozas y escaleras de hormigón, perfilando un edificio que pretendía mirar hacia el poniente.

Por algún motivo esa construcción había quedado paralizada y abandonada hacia años. Yo podía ver la estructura de vigas y columnas allá a lo lejos, desde mi dormitorio, y asociaba ese esqueleto al libro azul de editorial Sigmar que siempre tenía en la mesa de luz, una edición ilustrada de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. No sabía leer aún, pero mi madre, mi joven madre, interpretaba cada capítulo noche tras noche, sentada en el borde de mi cama.

Entonces, un día aparecieron los soldados montados en varios camiones. Alguien, uno que dijo ser jefe, pasó avisando que dinamitarían el hotel abandonado. Que era peligrosa esa construcción inconclusa y que debía ser demolida.

Durante días, todas las mañanas, llegaban los camiones repletos de soldados y se iban por la tarde, dejando vigilado el lugar con un grupo de diez.

Fue una tarde, más bien una siesta, cuando mi madre tejía y yo admiraba su ternura, que sucedió lo que definió nuestras vidas. Esa encrucijada.

Llegaron tres soldados. Mi madre los saludó y ellos hicieron la venia. Más bien dos la hicieron porque el otro, el del medio, era sostenido por sus compañeros y se lo veía pálido, amarillo.

Le sonrieron a mi madre y ella les sonrió. Le dijeron que el soldado pálido estaba descompuesto desde la mañana, que no había dejado de vomitar y que si tenía algún remedio que lo pudiera ayudar.

La mujer sonriente, mi madre, les dijo que sí, que tenía remedios y que sabía cómo curar al soldado. Les dijo que lo dejaran con ella y que lo vinieran a buscar al final del día. Los soldados entendieron lo que yo ya sabía desde siempre: Que esa mujer podía sanar cualquier mal, que podía calmar cualquier dolor.

Mi madre acostó al soldado enfermo en mi cama, le dio el té mágico que me daba a mí y lo dejó descansar. Caía el sol cuando lo pasaron a buscar y el soldado enfermo caminaba seguro y ya no era un muchacho pálido.

Los días siguientes no ocurrió gran cosa, salvo la mañana en que los soldados hicieron sonar la sirena, se sintió la explosión y vi derrumbarse el esqueleto del hotel abandonado desde la ventana de mi habitación. Después los soldados se fueron y no volvieron a aparecer.

Yo no sé qué fue. Si ocurrió esa tarde del soldado enfermo o el día de la explosión o fue otro día cualquiera del que no conservo recuerdos. Lo que sí sé es que mi madre jamás envejeció a partir de ahí. Sus treinta años, su sonrisa blanca, su voz suave, permanecieron intactas hasta hoy. Que no la haya vuelto a ver solo confirma lo que les estoy contando.