Hay algunos que educan y enseñan con pequeños gestos
Bobadilla fue el que llegó primero. Al menos estaba ahí cuando yo llegué y era el único que estaba. Lo recuerdo más bien panzón, sudado siempre, medio enrojecido por el esfuerzo y el alcohol. Mi padre me llevaba en brazos la primera vez que lo vi. Recuerdo su sonrisa y su olor, ese olor tan típico de los que transpiran frituras y vino.
─ ¡Trajo a la guagua, don Fran! ─ le dijo a mi padre, mientras estiraba la derecha para saludar.
─ Traje ─ contestó papá, y me ordenó que le tendiera la mano también.
Bobadilla tenía la mano caliente, húmeda.
─ Buenas tardes, patroncito ─, me dijo, y lanzó una carcajada finita, aguda, incompatible con su enorme cuerpo y su cara dura y barbuda.
Don Bobadilla (no supe nunca su nombre. Mi padre lo llamaba don Bobadilla, con respeto) era un tractor. Solo, apenas con un hacha, un machete, una pala y una horquilla, había abierto caminos en medio de un monte espeso, de cañaverales, de monte achaparrado que armaba un tejido que era impenetrable, menos para él.
En esas dos hectáreas (mi padre decía que eso eran y a mí me parecía la más absoluta inmensidad), en medio de la nada, sin ningún signo de urbanidad, Bobadilla había trepado cuestas abriendo senderos primero, después calles anchas, para llegar a un sitio que había descampado y emparejado y que era el lugar donde mi padre decía que levantaríamos la casa.
Don Bobadilla había improvisado un campamento en un claro del monte. Un fogón, unas mantas metidas debajo de un cañaveral y unos troncos que servían de asientos y mesa. Ese día que lo conocí, avivó el fuego, puso una jarra con agua para hacer té para los tres y calentó un poco de pan casero. Creo recordar esos sabores aún.
Mi padre le llevaba las provisiones periódicamente: carne, pan, a veces una bolsa de papas, té y vino. Bobadilla se proveía de agua de una vertiente más o menos cercana.
No sé cuánto tiempo llevaba allí y tampoco sé cuánto tiempo en total tardó en terminar el trabajo. Calculo que fueron muchos meses, porque trabajó solo y apenas con sus cuatro herramientas.
Yo interrogué a mi padre varias veces para saber más de Bobadilla y su vida, pero no conseguí muchas respuestas. Apenas que tenía familia y que la veía cada tanto, ese tiempo difuso entre semanas y nunca.
Después de haberlo visitado unas tres veces y de mi abrumadora insistencia, papá me dejó quedarme con don Bobadilla una tarde. Fue desde el mediodía hasta caer el sol, mientras mi padre iba en su Rastrojero 58 ha hacer algunas cosas al pueblo.
─ Vamos a comer algo, amiguito ─ me dijo Bobadilla, mientras atizaba el fuego. Me llamaba amiguito o don Jaini, una deformación del diminutivo que le había escuchado decirme a mi papá.
Tiró sobre la parrilla un pedazo de carne, que antes cortó en tiras con un cuchillo enorme y brillante. Puso pan, tres papas que sacó de una bolsa arpillera y el jarro con agua para hacerme un té. Sacó una bota de vino de entre las cañas y dio un largo trago. Me vio la cara de asombro y me explicó qué era. Le dije que quería probar. Lanzó una de sus risitas agudas y me dijo:
─ Usté es muy chico todavía, don Jaini. Ya habrá tiempo más adelante.
Fue una de mis mejores tardes infantiles. Me enseñó a usar sus herramientas, me habló del monte y me hizo sentir su aparente felicidad sencilla, sin urgencias.
Lo volví a ver periódicamente unos meses más, hasta que terminó el trabajo. No me pude despedir de él. Mi padre dijo que volvería, pero eso nunca volvió.