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HISTORIAS DE POR ACÁ

Ese extraño y frecuente encuentro entre el “loco del pueblo” y la crueldad de la niñez

Todos hablan de la inocencia de la infancia pero, a veces, esa infancia es brutalmente cruel, especialmente con los indefensos.

Richar, el viejo de risa contagiosa

Al viejo Richar le faltaba la d, la cordura y una historia que explicara su presencia en ese lugar.

Nunca supe dónde acomodaba sus huesos. Dicen que ni siquiera era una tapera. Apenas unas chapas debajo de un árbol, entre matorrales. Dicen que tenía unas tablas donde acomodaba un colchón, un montón de cobijas mugrientas y un tanque de combustible vacío que hacía de cocina.

Tenía barba larga, ojos clarísimos, boca desdentada con la que se reía a carcajadas, una risa aguda y contagiosa, y la incapacidad absoluta de armar un relato coherente, incluso hasta para comprar pan. Porque hay que decir que, a pesar de todo, Richar se las arreglaba para hacer alguna changuita y ganarse la comida del día: repicar leña, sacar malezas, desyuyar una huerta. Eran tareas breves, porque Richar se distraía al poco tiempo y se iba sin terminar la tarea y hasta sin cobrar. Había que salir a buscarlo para darle el pago.

Los niños, la bandada de pibes que lo veíamos cuando pasaba hacia el almacén de doña María, el único almacén del lugar en la entrada al caserío, le gritábamos e intentábamos interceptarlo para hablar con él y tratar de que lanzara esas carcajadas agudas, cataratas largas, casi interminables.

Porque Richar comenzaba a reírse y se tentaba. Se olvidaba de por qué se reía y no paraba. Y los niños nos tentábamos con él.

Nadie sabía sobre su pasado, de dónde había llegado y si tenía familia en alguna parte. Había varias versiones. La más difundida decía que había llegado cruzando la cordillera. Que había sido un hombre culto, algunos sostenían que profesor. Que había perdido el juicio cuando, un día, llegó a su casa y encontró a toda su familia muerta. Que había salido corriendo, gritando desesperado. Que corrió y corrió kilómetros, cientos de kilómetros, y que terminó desmayado en el mismo lugar donde armó su precario refugio. Que cuando lo encontraron ya no sabía quién era. Dicen que balbuceó “Richar”, por eso lo llamaron así. Que eso había sucedido hacía mucho.

Esa tarde Richar había ido a comprar pan al almacén de doña María. Era marzo, había sido uno de los últimos días templados y todos los chicos estábamos al borde de la calle, planeando la próxima excursión para cosechar manzanas en la chacra abandonada.

Richar regresaba caminando más rápido de lo normal, murmurando algo que no se entendía. No se sorprendió cuando los pibes lo interceptamos, pero hizo un gesto con la mano, como advirtiendo que no tenía tiempo.

Le gritamos, le dijimos cualquier cosa, como siempre, para que lanzara su carcajada. Uno lo tocó. Richar hizo un movimiento brusco, asustado, tal vez de defensa. El griterío fue más fuerte. Alguno de nosotros lo empujó. Richar cayó en la banquina y rodó grotescamente hacia la cuneta. Hubo más gritos. Voló un piedrazo. Después otros. Richar chillaba cosas inentendibles y trataba de cubrirse con los brazos.

Doña Carmen, que vivía en la casa pegada al camino, escuchó los gritos, salió con una escoba en la mano y corrió hacia donde estábamos. Primero, sin saber qué pasaba, levantó la escoba para amenazar a Richar, que estaba enredado entre los yuyos, tratando de pararse. Después la mujer se dio cuenta de quién era el indefenso, nos espantó a los gritos y trató de ayudar al loco.

Richar tenía un tajo en la ceja izquierda y la sangre le tapaba su ojo celeste. Doña Carmen consiguió que se pusiera de pie y quiso convencerlo para que la acompañara a la casa para curarlo. Pero Richar volvió a hacer gestos inentendibles y salió caminando apurado hacia su refugio, casi corriendo, sin recoger los bollos de pan que quedaron tirados en la banquina.

Dicen que Richar murió de frío un invierno. Cuentan que seguía teniendo esa risa aguda, contagiosa.

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