No se sabe quién fue y es posible que no se sepa nunca. Fue una mujer menuda, posiblemente frágil, amante de su perro, con perrito chico, menudo como ella.
No se sabe cómo murió. Quizás haya sido asesinada o murió de inanición o en un accidente.
No son muchos los que la recuerdan, los promeseros que acuden a ella y que confían sus penas y sus ruegos. Pero los que sí saben de ella, son fieles y aún van a visitarla.

Le llaman el Ánima del corral y su muy modesta tumba está en el cementerio de Santa Rosa.
“Esto lo vivió mi mamá, Rosa, cuando era chiquita (nació en el 33) y me lo contaba siempre”, dice Juan Carlos González, hijo y nieto de los protagonistas de esta historia.
“Mis abuelos eran caseros en la Finca Larriqueta y ellos, todas las noches escuchaban llorar a una mujer. Pensaban que ese llanto venía de una casa cercana y que el vecino le pegaba a su mujer. Pero resulta que en aquella casa los vecinos también escuchaban el llanto y pensaban que era mi abuelo, Juan Cetta, quien le pegaba a mi abuela o, en todo caso, a mi madre. Así estuvieron un tiempo, hasta que un día conversaron sobre esto y se dieron cuenta que el llanto no venía de ninguna de las casas y no pudieron resolver el enigma”.
Juan Carlos, un apasionado de la historia, disfruta el relato, especialmente cuando llega el desenlace.
“Recordaba mi madre, que estimo debe haber tenido como mínimo unos siete años, porque tenía recuerdos muy claros de todo lo que sucedió, que cierta vez mi abuelo tenía que hacer una guanera y empezaron a hacer un pozo para enterrar el guano. Fue allí cuando encontraron, en ese sitio que era un corral de ganado, dos esqueletos juntos: el de una mujer, sepultada junto a un perrito. Les dieron aviso a las autoridades y al capataz de la finca: Después de algunas diligencias formales, velaron los restos de la mujer y de su perro en el galpón de la finca y los sepultaron juntos en el cementerio de Santa Rosa”.
Desde ese momento en la finca dejó de escucharse el llanto y en el cementerio el “Anima del corral”, comenzó a tener promeseros, que le pedían que atendiera sus necesidades a cambio de devoción.
Todavía está allí la tumba y la cruz, aunque son pocos los que la adoran y muchos menos los que recuerdan su historia.
La casona de la finca donde fueron encontrados esos restos, fue construida en 1888 por Enrique González, en tierras que le entrega su padre Carlos, quien fue gobernador de Mendoza entre 1863 y 1866. Daniel Larriqueta es su bisnieto y su apellido le da nombre a la propiedad.


