Una ventana encendida
Desde la oscuridad del camino, la luz que se escapa por una ventana es la forma más intensa de hogar que conozco. La que más me conmueve. Siempre fue así. Desde que era niño.
Una luz encendida en medio de la noche no es sólo luz: es la promesa de alguien adentro, de una mesa puesta, de una conversación que sigue, de una vida que ocurre sin estridencias.
La imagen más emocionante que guardo tiene esa forma. Es nocturna, está hecha de luces y de distancia. Es la de un viaje de regreso a mi pueblo, cuando termina la última cuesta y, de pronto, aparece la ciudad a lo lejos, suspendida en la oscuridad. Las luces se multiplican, se reflejan en el lago, tiemblan apenas, como si también esperaran. En ese instante, algo se acomoda por dentro: ya está, ya llegamos.
No hay una sensación más profunda de hogar que esa. De pertenencia. De regreso. El camino puede haber sido largo, cansador, incluso silencioso, pero todo se justifica cuando las luces aparecen. Cuando lo que era promesa se vuelve certeza.
Quiero estar en esa casa
Las luces lejanas de los pueblos, vistas desde la ruta, siempre me han producido lo mismo. Una idea simple y persistente: quiero estar ahí. Quiero estar en esa casa, en esa mesa, cenando con alguien. No importa quién. No hay un lugar mejor que ese en ese momento. Todo lo demás es tránsito.
Recuerdo, siendo muy chico, volver en tren a casa con mi tía. Tomábamos el tren en Retiro, rumbo a San Fernando. Yo miraba por la ventanilla las luces de los departamentos que se encendían uno a uno. Ventanas rectangulares, algunas amarillas, otras blancas, otras apenas veladas por una cortina. Ahí hay alguien que está feliz, pensaba. No sabía por qué, pero lo creía. Me alcanzaba con eso.
Sigo sintiendo lo mismo. Me gusta mirar las ventanas iluminadas. Me detengo en ellas más de lo necesario. Me quedo un segundo de más, imaginando cenas, silencios compartidos, alguien lavando los platos, alguien esperando.
A veces, muy de vez en cuando, creo sentir que una de esas ventanas podría ser la mía. Y entonces pienso que, si alguna vez es así, no cerraré la cortina esa noche.
Puede haber alguien mirando desde lejos.