El 31 de marzo de 1995 fallecía en Temperley, Buenos Aires, Roberto Juarroz, uno de los poetas más singulares de la literatura argentina. A treinta años de su partida, su “Poesía Vertical” sigue siendo un punto de referencia en la exploración del lenguaje y la existencia. Su obra, ajena a modas y ajena a lo efímero, se mantiene en pie como un monumento a la síntesis, a la intensidad y al pensamiento poético más radical.

Juarroz construyó una poesía donde la palabra se despoja de artificios y busca lo esencial. Influido por autores como Heidegger, Novalis y su amigo Antonio Porchia, su escritura se aleja de las emociones desbordadas y se adentra en el misterio del ser. En sus versos, no hay referencias temporales ni personales, sino una mirada abstracta y filosófica sobre la existencia. En medio de los vaivenes políticos y sociales de su tiempo, su poesía optó por un silencio reflexivo, una especie de ascetismo literario que lo diferencia de muchos de sus contemporáneos.

El legado de Juarroz no solo está en sus catorce volúmenes de “Poesía Vertical”, sino en su concepción de la poesía como una forma de conocimiento. Para él, cada poema era un acto de exploración y revelación, un intento de alcanzar lo inefable a través de la palabra. En su homenaje, recordamos uno de sus poemas más emblemáticos:
Algún día encontraré una palabra... (Poesía Vertical I - 51)
Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.
Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

