Cada 23 de abril, millones de personas alrededor del mundo celebran el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Esta fecha fue instaurada por la UNESCO en 1995 para promover la lectura, la industria editorial y la protección de los derechos de autor. Pero su historia tiene raíces más profundas: coincide con la muerte de tres pilares de la literatura universal en 1616 —Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega—, lo que la convierte en una jornada simbólica para homenajear el poder de las palabras.
En Argentina, la tradición de conmemorar el amor por los libros tiene su propia historia. En 1924, durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear, se instauró el 15 de junio como la “Fiesta del Libro”, y en 1941 se modificó a “Día del Libro”, manteniendo el mismo objetivo: fomentar la lectura en todo el país. Sin embargo, el 23 de abril adquirió una dimensión global al ser adoptado como día oficial del libro a nivel internacional, sumando así dos celebraciones que conviven con un mismo espíritu: promover el acceso a la literatura y valorar el trabajo de los autores.

Una de las manifestaciones más poéticas de esta fecha ocurre en Cataluña, donde el Día del Libro se fusiona con la festividad de Sant Jordi. Allí, la costumbre es regalar un libro y una rosa como muestra de afecto, uniendo amor y cultura en un mismo gesto. La leyenda de Sant Jordi, el caballero que venció al dragón y regaló una rosa nacida de su sangre, se entrelaza con esta jornada que convierte las calles en ferias literarias y florales. Esta tradición ha trascendido las fronteras catalanas, ganando fuerza como símbolo universal del vínculo entre el conocimiento y el cariño.

En un mundo que corre cada vez más rápido, el Día del Libro es también una pausa necesaria. Es la oportunidad de volver a lo esencial, de regalar palabras que acompañan y de recordar que un libro puede abrir mundos enteros. Celebrar esta fecha no es solo una cuestión académica o histórica: es una forma de sostener la imaginación, de construir memoria colectiva y de reafirmar que la lectura sigue siendo uno de los actos más revolucionarios y transformadores que existen.



