Nacido en Las Heras el 29 de mayo de 1937, el Víctor deslumbró desde joven con su talento innato. Su zurda prodigiosa y su visión de juego lo convirtieron en el emblema de Gimnasia y Esgrima de Mendoza, club donde debutó en 1953 y al cual dedicó gran parte de su carrera.

Su amor por la camiseta blanquinegra fue tal que, a pesar de recibir ofertas tentadoras de gigantes europeos como el Real Madrid y el Inter de Milán, prefirió quedarse en su tierra natal, demostrando una lealtad y humildad pocas veces vistas en el deporte moderno.

Su habilidad para ejecutar tiros libres y anotar goles olímpicos lo posicionó entre los mejores del mundo en esa especialidad. Con 66 goles de tiro libre y 12 olímpicos, igual que Lionel Messi (hablando de tiros libres) y supera a figuras de la talla de Diego Maradona, dejando una marca imborrable en la historia del fútbol argentino.

Pero más allá de los números y los récords, quienes tuvieron el privilegio de verlo jugar recuerdan su elegancia en el campo, su capacidad para liderar y su inquebrantable compromiso con el juego limpio. Víctor no solo fue un futbolista excepcional, sino también un ser humano ejemplar, cuya humildad y calidez trascendieron las canchas.

Su partida dejó un vacío, pero su espíritu sigue presente en el estadio que lleva su nombre, en las historias que se cuentan en los barrios mendocinos y en el corazón de cada amante del fútbol.
A un año de su despedida, rendimos homenaje al maestro, al ídolo, al hombre que nos enseñó que la grandeza no solo se mide en títulos, sino en la huella que dejamos en los demás. Gracias Víctor, por regalarnos tu magia y tu pasión. Tu legado será eterno.



