Aunque algunos indicadores macroeconómicos comenzaron a estabilizarse hacia fines de 2025, el estrés económico sigue profundamente arraigado en la vida diaria. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, este fenómeno ya afecta a casi la mitad de la población urbana, incluso por encima de los niveles tradicionales de pobreza por ingresos.
El dato rompe con la lectura clásica: no ser pobre ya no garantiza bienestar. El estudio, elaborado por Julieta Vera, señala que muchos hogares ubicados por encima de la línea de pobreza aseguran que sus ingresos no alcanzan para cubrir gastos básicos ni afrontar imprevistos, quedando atrapados en una zona gris de vulnerabilidad.

Uno de los cambios conceptuales más fuertes es considerar la imposibilidad de ahorrar como una forma central de privación. No se trata de invertir, sino de no poder construir un colchón mínimo. Esta fragilidad empuja a un consumo defensivo, mayor endeudamiento de corto plazo y una dependencia creciente del crédito informal.
El fenómeno ya no se limita a los sectores históricamente pobres. Avanza sobre la clase media baja y media, incluso en hogares con empleo formal. Ingresos que crecen menos que los gastos fijos, pérdida de poder adquisitivo y expectativas que no se recomponen explican un malestar social persistente.
La UCA también detecta una paradoja: la desaceleración inflacionaria de 2024 y 2025 no redujo en igual medida el estrés económico. Con una estructura de gastos rígida —alquileres, servicios, transporte y salud—, la estabilidad todavía se percibe como incompleta. El informe concluye que el desafío ya no es solo la pobreza, sino una fragilidad económica extendida que exige recomposición de ingresos y previsibilidad de cara a 2026.



