Bebió un último sorbo de vino y colocó los cubiertos de postre sobre el plato.
—Ha sido un almuerzo magnífico, señor gobernador Rufino Ortega. Le agradezco mucho. Su casa es magnífica y su parque igual de majestuoso.
—No tiene por qué agradecer, señor Jorge Newbery, ha sido un gusto recibirlo aquí. ¿Qué hará ahora? —contestó Rufino Ortega, anfitrión en su mansión de Rodeo del Medio.
—Los señores Jiménez Lastra, Fels y yo debemos regresar al hotel. Queremos aprontarnos para regresar a Buenos Aires mañana. Necesito darle unos últimos retoques a mi aeroplano para intentar en un par de semanas el cruce de los Andes.
—Usted lo logrará, no tengo dudas.
—Sí, creo que sí. No sé si usted sabe, gobernador, que hace unas semanas, el 10 de febrero exactamente, pude llegar a los 6.225 metros en mi Morane-Saulnier, de 80 caballos de fuerza. Es el récord mundial de altura. Esa máquina francesa, con su nuevo motor Le Rhone, realmente me ha maravillado. Con ella no tendré problemas en cruzar la cordillera.

—¡Tenga cuidado, amigo Jorge! Recuerde lo que le pasó a su hermano Eduardo Newbery.
—Nunca lo olvido, gobernador. Él ha sido siempre mi guía para las cosas buenas, pero también para no cometer los mismos errores.
—No se ha sabido nada de la suerte que ha corrido, ¿no?
—No, no se ha sabido nada desde aquel 17 de octubre de hace 6 años. No se ha encontrado ningún rastro de mi hermano, ni tampoco del cabo Eduardo Romero. Ni siquiera se ha hallado nada del Pampero, el aerostato de mi hermano. Tienen que haber caído en el Río de la Plata...
—Bueno, pero... ¡levantemos el ánimo! Usted disculpe, no quise traerle ese recuerdo.
—No se haga problema, gobernador. Siempre tengo presente a Eduardo y justamente por él es que quiero cruzar los Andes por primera vez. Su memoria y el retrato de mi madre, que llevo conmigo cada vez que vuelo, me aseguran buena ventura.
—¿Volverá pronto?
—Sí, seguramente. Lo antes posible, para encarar mi empresa. Y seguro visitaré esta casa vuestra de Rodeo del Medio. Déle mis felicitaciones a su padre, ya que sé que él ha sido el mentor de todo esto y usted ha completado ese sueño familiar maravillosamente.
—Serán dados, querido Jorge.

Jorge Newbery, Benjamín Jiménez Lastra y Teodoro Fels se despiden del gobernador Rufino Ortega y suben al Ford T negro, impecable, que los aguarda al pie de la escalinata. Quieren llegar al hotel y descansar un rato, pero también planean dar una vuelta por la ciudad cuando oscurezca. Es noche de Carnaval. Este año los festejos del Rey Momo han llegado atrasados.
Llegan a mitad de la siesta al lobby del hotel. Se cruzan con un grupo de muchachas. Son las hijas de las familias Ocantos, Escalada y Valiente Noailles.
Las jóvenes reconocen instantáneamente a Newbery. Es toda una celebridad, uno de los personajes más famosos, especialmente en Buenos Aires. Además de ser el aviador más reconocido, también sus cualidades de boxeador le han dado fama. Y también ha incursionado en esgrima, nado, remo y automovilismo, todo con notorios resultados.
—Jorge, ¡qué placer! ¡Queremos verlo volar! —dice una de las muchachas, la más desinhibida.
Son tres jóvenes bellas de familias acomodadas.
—El señor Newbery no tiene su aeroplano disponible, señoritas —se adelanta Jiménez Lastra, en tono cortés pero firme.
—¿Y el señor Fels? ¿No es cierto que usted tiene su máquina aquí, señor Fels? Lo hemos visto haciendo una exhibición en estos días —insiste la chica.
Es cierto. Fels tiene un Morane Saulnier idéntico al de Newbery y ha estado volándolo los días anteriores.
—Sí, señorita, pero a estas horas debe estar desarmado. Ayer le di la orden a mi mecánico —responde el aludido. La máquina necesitaba una revisión integral y el piloto había notado que se inclinaba un poco hacia la izquierda.
Newbery escucha y sonríe. No le agrada la idea de desilusionar a sus admiradoras, que ya lo rodean. Entonces se dirige a Fels.
—Averiguá. Quizás Bordone (el mecánico) todavía no lo ha desarmado —dice.
Mientras Fels se dirige al mostrador de la recepción para hablar por teléfono, las jóvenes y Newbery se sientan en los sillones del lobby y hablan del próximo cruce de la cordillera, de sus proezas y de la noche porteña.
Fels regresa después de cinco minutos.
—Jorge, ¿sabés lo que pasó? Anoche, Bordone fue a un baile de carnaval y no desarmó el Morane —dice.
—Magnífico. ¿Le podrás decir a Bordone que vaya con la máquina a Los Tamarindos? —dice Newbery, mientras las muchachas sonríen.
—Ya se lo ordené —le contesta Fels.
Newbery se levanta, busca con la vista a Jiménez Lastra y, con mirada cómplice, le dice:
—¿Querés volar conmigo, Tito?
—Con mucho gusto, Jorge —contesta el aludido.
—Bien, señoritas —dice Newbery inflando el pecho—, gracias al carnaval podrán asistir a una exhibición aérea.
Hay un desbande en el hotel. Los tres pilotos, las muchachas y también todos los que escucharon la charla, buscan sus autos y salen hacia Los Tamarindos.
El cielo está despejado. Son las 6 de la tarde y hace calor, pero no tanto para Mendoza. Hay una brisa muy suave, casi imperceptible.
Los pilotos y las jóvenes con sus familias se acercan al Morane Saulnier. Es un avión simple pero hermoso.
—Ayer tiraba algo del ala izquierda. Me gustaría probarlo a mí —dice Fels.
—¡Caramba, amigo! ¿Usted cree que no lo puedo volar yo? —contesta Newbery, entre irónico y desafiante.
Fels le sonríe y le hace un gesto, invitándolo a subirse a la máquina.
Newbery se trepa y se ubica adelante, frente a los comandos. Jiménez Lastra se ubica atrás, en el otro habitáculo.
Antes de que enciendan el motor, Newbery cruza saludos con los presentes y la joven que le pidió la exhibición se acerca y le entrega una cadenita con la medalla de la Virgen de Lourdes.
—Tenga, Jorge. Para que lo proteja —le dice.
—Gracias, señorita. Nos vemos al regreso —contesta el piloto.
Cuando ubica la cadenita en los comandos, Newbery se da cuenta de algo: no tiene la imagen de su madre, la que siempre lleva consigo. Sacude la cabeza para liberarse del pensamiento, pide que despejen el área y arranca el motor. Son las 18:40 del 1° de marzo de 1914 y el cielo está sin una sola nube.
El Morane despega. Cuando Newbery lo hace ganar altura para realizar el looping que les ha prometido a sus admiradores, siente que el avión tiende a inclinarse hacia la izquierda, tal como se lo había advertido su amigo Fels. Pero logra mantenerlo nivelado, no sin un poco de esfuerzo. La situación lo pone tenso, pero es un hombre acostumbrado a estarlo y a desafiar el peligro.
El Morane Saulnier cae. Pierde altura y no logra salir totalmente de la acrobacia. Newbery lucha con los controles. Ya es tarde. Se estrella en forma perpendicular.
El resto es historia. Jorge Newbery tenía 38 años.



