Mariano Faccioli detuvo el Chevrolet Champion frente al bar. Los cuatro cilindros descansaron después de un largo viaje desde San Luis.
El sol de noviembre de 1929 había hecho sofocante la tarde y recién ahora, con las primeras sombras, una brisa fresca corría por el Carril Nacional para después meterse por las ventanas abiertas de las casas y daba algo de descanso.
A Faccioli se le había hecho largo el viaje. Apenas se había detenido a cargar combustible para alimentar a los 25 caballos de fuerza del motor, pero estaba sin dormir ni comer. Había asegurado que el 10 estaría en la ciudad de Mendoza y, pese a que 24 horas antes ya estaba casi llegando, no había querido arriesgarse. Una falla mecánica estúpida podía hacer fracasar todo el plan. Era preferible que le sobrara tiempo.

En San Luis le habían dado indicaciones claras y las estaba siguiendo al pie de la letra. Debía detenerse ahí, en ese bar de Kilómetro 11, para encontrarse con el hombre que le daría el arma. Si después las cosas salían mal, si los descubrían, había que tratar de que la organización del caso fuera imposible de establecer. Que las piezas del rompecabezas fueran imposibles de rastrear, de unir. Le habían dicho que un tal Bermúdez estaría en El Pingüino, ese bar de Kilómetro 11, esperándolo.
Le habían explicado que Bermúdez iba todas las noches ahí a jugar a las cartas y que los timberos solían quedarse hasta las dos o tres de la madrugada resolviendo partidas, revanchas y las consiguientes cuentas, pagos y deudas. “Bermúdez es un tipo flaco, alto, de bigote espeso”, le habían dicho. “Usa chupalla negra y un pañuelo rojo y mugriento al cuello”, le habían dicho. “Usted dígale que lo mandan los hermanos Cáceres”, le habían dicho.
En el amplio salón había gentes de todas las especies. Desde peones que apuraban un vino o una grapa mientras conversaban animadamente con sus pares en grandes mesas de a ocho, y también propietarios y comerciantes bien vestidos, bebiendo whisky o algún coñac, conversando sobre política y mujeres.
Cuando Mariano Faccioli cruzó la puerta y un cuarto del bar se giró para mirarlo, otro cuarto lo miró de frente y la mitad restante lo ignoró completamente, siguiendo con sus charlas de cosechas, los unos, teorizando sobre la salida de la Gran Depresión, los otros.
Faccioli no los conocía, pero ahí estaba Gonella, Gobbi, Furlán, Narváez, Durán, Gamardella, Andreani, Gantuz…
Todos ya habían escuchado hacía un rato la sirena de salida de la bodega Sammartino y estaban perfectamente ubicados en tiempo, por más que no llevaran relojes.
En Rodeo de la Cruz todo se regía por las sirenas de entrada y salida de la bodega. Era suficiente. Quizás eran unas veinticinco personas en el salón, tal vez treinta. Todos hombres. Mariano Faccioli recorrió el bar con la vista tratando de encontrar a alguno con cara de Bermúdez, mientras caminaba a paso lento pero firme hacia el mostrador.
─ ¿Tiene algo para comer? ─ le preguntó al que estaba del otro lado, un hombre robusto, medio calvo.
─ Ya mismo le puedo dar pan, queso, jamón crudo y dos huevos fritos. Si puede esperar, le hago preparar algo más ─ dijo el cantinero. Años después este hombre, Nikola Manduca, recordaría este momento y lo contaría con fidelidad escribanil.
─ No, está bien eso. Y un vino. Me siento en esa mesa ─ dijo Faccioli, señalando una que estaba junto a una ventana y desde la que podía ver el Chevrolet estacionado afuera.
Antes de ir a sentarse, aprovechó para otear el bar completo. Logró ver, en la primera fila de mesas cerca del mostrador pero arrinconada en la esquina, un grupo de seis hombres que jugaban a los naipes. Uno de ellos no se había sacado el sombrero negro y tenía el pañuelo rojo al cuello.
Caminó hasta ahí y le dijo al hombre:
─ ¿Bermúdez?
─ ¿Quién lo busca? ─ respondió el otro.
─ Me dijeron que usted tiene algo para mí ─ dijo Faccioli, sin vueltas. ─ Me voy a sentar allá, lo espero.
Sin más, giró y buscó su mesa. Bermúdez apenas lo siguió un instante con la mirada y volvió al juego.
─ Envido – dijo.
Faccioli comió y bebió lento, sentado de espaldas al mostrador, como para que nadie fijara su rostro demasiado claro en la memoria. Estaba tenso, pero solo lo suficiente como para ser efectivo al día siguiente, cuando tuviera que cumplir con el trabajo encomendado. No era la primera vez que le pedían algo así, pero seguro era el caso más importante que le habían encargado, especialmente por la importancia que tenía el objetivo en la vida política de la provincia.
El bar era un lugar agradable. Seis ventanas amplias hacia el Carril Nacional, tres más hacia Manuela Pedraza. Entre medio, la puerta en la ochava, amplia, segura, por donde había logrado ver cómo una carreta apuraba su marcha para llegar con tiempo al callejón el Diablillo, en La Primavera

Era un lugar fresco, aireado, donde los olores del tabaco, la bebida y los fiambres del mostrador se mezclaban y conformaban un aroma único e indescriptible. Un escudo del Sportivo Rodeo de la Cruz dejaba en claro en qué territorio se encontraba.
Cuando Bermúdez se sentó frente a él, Faccioli iba por el segundo vaso de vino, un barbera denso, espeso. Bermúdez ya destilaba grapa y un fósforo acercado a su boca lo hubiera transformado en un lanzallamas.
Tal como le habían dicho, el bigote era lo que más se destacaba en Bermúdez. Un identikit tendría que partir siempre desde ahí.
Se lo veía bastante sucio, descuidado. No parecía tener mucha cultura ni necesidad de tenerla.
Bermúdez puso un bulto sobre la mesa, algo envuelto en una tela negra, una bolsa.
─ Mire adentro, sin sacar nada ─ dijo con la lengua pesada. Faccioli obedeció.
─ Es una Mannlicher. De las que usó el Ejército hasta 1927. Hace dos años. Está sacada directamente de un arsenal. No tiene dueño ─ explicó Bermúdez, que estaba ebrio pero lúcido, y siguió ─ No sé si usted la conoce. Se carga de arriba. Los proyectiles vienen en un peine, de a diez. Yo le puse dos peines completos. Calibre 7,63.
Bermúdez hablaba lento. Había palabras que le costaban y le enredaban la lengua pero, aun así, se notaba que sabía de armas.
─ Es buena, de mucha precisión ─ agregó.
─ Lo sé ─ le respondió Faccioli ─ Tuve una. La hizo un ingeniero austríaco a mediados del siglo pasado. El tipo trabajaba en los ferrocarriles, pero se aburrió y se dedicó a las armas. Esta la hizo en 1890, más o menos.
─ Usted conoce ─
─ Algo ─ dijo, mientras miraba dentro de la bolsa. ─ No veo los peines con los proyectiles…
─ ¡Ah, disculpe!, casi me olvido ─ dijo Bermúdez, mientras se paraba y comenzaba a hurgar en los bolsillos del pantalón.
Revolvía en los bolsillos, mientras se tambaleaba.
Faccioli se alertó, imaginando que todo el bar los comenzaría a mirar. Pero no, el movimiento apenas mereció que un par hombres giraran la cabeza y volvieran al instante a sus asuntos. Después de todo, ninguno de los presentes le había pedido café con leche al cantinero.
Bermúdez sacó del bolsillo izquierdo dos peines, con la carga completa de 10 proyectiles cada uno.
─ ¡Acá están! ─ dijo triunfante, y se volvió a sentar.
Mariano Faccioli ya se había puesto tenso y malhumorado.
─ ¡Qué hace, hombre…! ─ dijo molesto, mientras miraba alrededor.
Pero Bermúdez había perdido la prudencia entre la bruma del alcohol y, sin darle tiempo de nada a Faccioli, manoteó la bolsa, sacó la pistola y, de un golpe, le encastró un peine con proyectiles. Faccioli, casi en un acto reflejo, estiró la mano derecha para sacarle la pistola, pero Bermúdez hizo un gesto brusco para esquivarlo, llevando la pistola hacia arriba y hacia atrás. El ademán fue tan violento y torpe, tan de hombre ebrio, que la pistola se le escapó de la mano y salió volando por el aire y cayó al suelo a tres metros de ellos. El arma golpeó el suelo con la culata y se escapó un disparo. Único, seco, inevitable, catastrófico.
De milagro la bala no hirió a nadie y fue a incrustarse en el mostrador del bar. Quedó metida entre astillas, en un agujero de redondez casi perfecta, que durante los años siguientes generaría decenas de versiones fantásticas. Bermúdez, al que le habían adjudicado el remoquete de “Foca” cuando era joven, caminó hasta la pistola, riendo.
El bar en pleno se había paralizado, pensando que se trataba de alguna discusión sangrienta. Pero todos vieron a Bermúdez, caminando a los tumbos y riéndose a carcajadas mientras recogía la pistola y decía: ─ ¡Se me escapó…!
Después de algunos insultos hacia el borracho, los contertulios de cada mesa siguieron con sus conversaciones.
Faccioli, apenas Bermúdez se volvió a sentar, le arrebató la pistola, la metió en la bolsa, sacó un billete grande, como para que sobrara el pago de lo consumido, lo puso sobre la mesa y se levantó, mirando con desprecio al Foca, al que le tiró otros tres billetes casi a la cara.
─ ¡Boludo! ─ le dijo, como un escupitajo.
Salió del bar, se subió al Chevrolet Champion verde oscuro y salió hacia Mendoza, acelerando a fondo para sacarse la bronca. Todavía le faltaba encontrarse con los hermanos Cáceres para ajustar algunos detalles del plan y acordar cómo resolverían la huida, una vez ejecutado. Lo que ocurrió después se puede encontrar en las bibliotecas, aunque en casi ningún libro se hablará de Faccioli y en ninguno se contará sobre el Foca Bermúdez y el balazo en el mostrador del bar El Pingüino.

Quedará sí registro en las hemerotecas del balazo en el pecho del ex gobernador y senador electo Carlos Washington Lencinas, su asesinato confuso en el Círculo de Armas, cuando saludaba desde un balcón a los convocados, después de regresar en tren de Buenos Aires.

Se especularán los motivos, su enfrentamiento con Hipólito Yrigoyen, se hablará de sus rivales en la provincia, de sus rivales internos…
Lo cierto es que nadie asociará el balazo en el pecho y el balazo en el mostrador del bar El Pingüino. Nadie. O casi nadie.


